sábado, 13 de septiembre de 2014

¡VETE A LA MISTURA!


Vamos a intentar un acto de herejía: atentar contra ese dios pagano (porque además hay que pagarle para deglutirlo) que es Mistura. En un país en que el ciudadano promedio admite que le mienten la madre, pero mata cuando le dicen que el cebiche sabe feo y que es chileno -por decir algo absurdo-, lo que vamos a escribir tiene, pues, sabor a suicidio. Ya estábamos medio tristones con lo de Cerati, así que pisamos a fondo el acelerador.

      Como en toda religión, cuenta con una legión interminable y metiche de predicadores que se meten a tu casa sin posibilidad alguna de darles el portazo de rigor. Usan los noticieros, los diarios e Internet para colarse de contrabando y abrirte el apetito con imágenes suculentas. Saben que en la tentación está el cebo, y este divino dios que es Mistura, a diferencia de sus colegas, te invita a pecar. He allí el detalle.


      Además, por ser religión oficial del Estado durante las dos semanas en que hace escala en la Costa verde –como que es inaugurada por el mismísimo presidente de la República-, se te pone en bandeja de plata (porque cuesta plata) todas las facilidades. Buses amarillos del Metropolitano recorren de cabo a rabo la avenida Brasil para llevarte al templo, porque es un gran templo donde los peregrinos hacen largas, larguísimas colas para acercarse a la divinidad y ofrecerles sus panzas en sacrificio: un chancho al palo, un anticucho con harto huacatay, o una papa bien rellena. Contrariamente a otras confesiones, los diezmos se pagan por anticipado: te cuesta veinticinco soles ingresar al templo. Una vez adentro, tienes más de un santo al cual confesarle tu gula, que es pecado capital, por cierto. Eso sí, a diferencia de otras iglesias, aquí eliges a tu santo de manera democrática: animal, vegetal, mezcla de ambos, artificial, dulce, salado, agridulce, etcétera. Encima te los llevas a la boca... y te los tragas.


       Hasta allí todo suena bien en ese oloroso proceso digestivo, pero hay un detalle, un gran detalle: "¡Haz tu cola, pe' cuñao!". Sí, el rezo amerita penitencia previa, y como en esas imágenes arrancadas del Medio Evo, con creyentes flagelándose el lomo a siete púas el chicote, la procesión amerita paciencia, pies firmes y, como ya dijimos, colas. Pasan cinco, diez, quince, veinte, y treinta minutos, y tú sigues parado, putamadreando una que otra vez, es cierto, pero con la misma expresión beatífica de cara al divino: párpados caídos, nariz en ristre, mandíbula vencida y, de la boca, hilachas de baba descolgándose. Cuando por fin llegas a él con las rodillas dobladas, ¡hostias, tampoco el rezo es gratuito! Te llevas la mano al bolsillo, buscas tu óbolo y lo depositas en las del monaguillo, quien te dará a Sangrecita -por citar a uno del santoral- sobre un humilde cartón. El santo viene también en minúscula porción, porque el único diablo que se opone al dios Mistura es la obscena y muy peruana afición a la abundancia. Acto seguido, el feligrés busca sitio en donde masticar a gusto la cosa divina, pero son tantos los devotos, que acabará de pie frente a un hermano de gula, mirándole los molares en pleno triturar del santo; fantasía lúbrica de cualquier odontólogo. Llenado el buche, como el dios Mistura manda, se dará cuenta de que su calzado ha sido otro sacrificio: arenado, como de caminante del desierto, porque aunque el mar esté enfrente, es, precisamente, arena de playa. Con las rodillas, pies y mandíbulas adoloridas, recorrerá otras naves del templo (“mundos” que les llaman aquí). La boca jadeante precisa de un buen vaso de algo, de otra divinidad en forma de líquido. Allí están San Chicha, San Pisco, San Jugo (con hábitos de distintos colores y sabores, desde luego), y están junto a ellos las colas de devotos buscando humedecer el paladar y refrescar el estómago. Largas colas, eso sí. Como ha entrado al templo a rezarle a más de un venerable, cumplirá penitencia aún sintiendo que ya está en el purgatorio. Llegado al sacristán y entregada la donación que nunca es a voluntad, busca un lugar adecuado para beber del líquido piadoso y se ve rodeado de otros tantos feligreses de bocas abiertas, bebiendo a borbotones, como él. Los suspiros de satisfacción se confunden, suenan a pareja en cuarto de hostal y, multiplicados, suenan a orgía. Un devoto ha aspirado el humor de otro en acto de comunión, como una suerte de “daos fraternalmente la paz”.  ¡Pero faltó el postre!... y allí va el muy acólito a repetir la misma procesión. 


      Desde lo alto del acantilado de Magdalena del Mar, un infiel observa al templo engullirse a todos esos devotos que hacen cola en su boca para ser masticados por él y cebarse de ellos. Se reconoce ateo frente a sus encantos, y recuerda haberle visitado una sola vez por pura curiosidad, hace muchos años. Camina con las manos en los bolsillos por la avenida Brasil mientras repasa sin emoción esos buses amarillos abarrotados de fieles que van al templo o vienen de él. No siendo creyente de Mistura, es, no obstante, hombre de buen diente. Observar desde el malecón al todopoderoso agitando las fauces en orgía pantagruélica, le ha dado hambre. Llega entonces al cruce de los jirones Ayacucho y Manco Cápac, dejándose arrastrar por el humeante aroma de los anticuchos de doña Tarcila, toda una institución del distrito. Allí, en la intemperie, mastica con deleite esos pedazos de corazón de res. “Más ajicito, pues, doña Tarcila”. Lo hace, sin embargo, de una forma muy distinta a la de los devotos de la religión pagana: sin colas y, sobre todo, ¡sentado!

Lima, septiembre de 2014



Fotos: 1) La República. 2) La Sotana del Inquisidor.

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