jueves, 27 de septiembre de 2012

RAÚL PORRAS BARRENECHEA: LA HISTORIA EN SU HISTORIA


Su rostro de frente amplia, ojos acuciosos y labios entreabiertos en ademán de suave sonrisa, nos es familiar a todos los peruanos, no tanto por lo que de él conocemos, como sí por el hecho de ser la protagónica figura de nuestros billetes de veinte soles. Muchos no se toman el trabajo de leer su nombre que, como pálido homenaje, aparece en letras microscópicas bajo su efigie monetaria (1).  Ese señor tiene nombre y muchísima historia por contar: Raúl Porras Barrenechea.

    Historiador de raza, abogado, profesor de escuela y catedrático universitario por excelencia, senador y canciller de la República, fue el hombre que supo multiplicar quehaceres en todo cuanto fuera necesario su concurso y, en conducta poco usual entre nosotros, se desempeñó con éxito y erudición en sus múltiples actividades.

     Nacido en la iqueña ciudad de Pisco el 23 de marzo de 1897, fue maestro de más de un profesor mío de Derecho y de Historia, pues ellos, al igual que Porras, habían transitado, en calidad de estudiantes, los viejos claustros de la Casona del Parque Universitario, sede entonces de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, y todos coinciden en la oratoria envolvente de su maestro, en la atracción que ejercía sobre sus alumnos, haciéndoles vivir el pretérito.

    Uno de esos alumnos fue el desaparecido historiador Percy Cayo Córdova, profesor mío y posterior amigo, quien me relató entre humeantes tazas de café, sabrosas anécdotas de don Raúl. Porras perteneció a esa generación de bebés que se nutrieron de senos ajenos: tenía una ‘ama de leche’ que lo amamantaba, mientras su madre, temerosa de perder la figura, sonreía al recién nacido haciéndole todo tipo de maromas para que bebiera de los suculentos pechos de aquella mujer. Fue tanta la importancia que cobró esta ‘ama de leche’ en la vida de don Raúl, que el historiador no sólo aceptó de buen grado sus regaños durante las tertulias que organizó en su casa. Por el contario, sabía rendirse a los severos bastonazos que le obsequió cuando el ‘Niño Raúl’ decía algo en apariencia inconveniente.

    Formó parte de la llamada ‘Generación de Centenario’, un grupo de sanmarquinos que, desengañados de la historiografía del XIX, se propuso escribir la ‘verdadera historia del Perú’ sobre la base de sus fuentes primarias y no de las leyendas o de la simple especulación.

    Iniciando su labor docente en colegios como el Raimondi y el Anglo-Peruano, compuso para este último lo que es hasta la fecha el mejor texto de historia de los límites del Perú (Lima, Ediciones F. y E. Rosay, 1930). Son también de notable fábrica su biografía del Inca Garcilaso de la Vega (1946), sus estudios sobre la Lima antigua (recogidos luego en una antología publicada en 2005); y su notabilísima semblanza de Francisco Pizarro que sirvió de referencia para estudios posteriores. Junto a todo ello, debe sumarse su paciente labor de compilador.

    En efecto, Porras fue gran maestro en el uso de las fuentes y del recurso archivístico, y a ello debió su temprano ingreso al Ministerio de Relaciones Exteriores que precisaba organizar y clasificar debidamente el cúmulo de documentos que se arremolinaba sin concierto en la vieja casa del Marqués de Torre Tagle. Porras supo cumplir con el encargo y, aún más, propiciar la publicación de ese material, fundando la revista intitulada ‘Archivo Diplomático Peruano’.

    Muchos años después, y pese a  los estragos de su salud, asumió en abril de 1958 la cancillería de la República a solicitud del presidente Manuel Prado Ugarteche. Era tal su debilidad física, que juró el cargo en su casa miraflorina. No obstante ello, Porras supo sobreponerse a sus dolencias, instalándose prontamente en la oficina de Torre Tagle. Desde allí desplegó una política de unidad hispanoamericana, que tuvo su cúspide cuando, a nombre del gobierno peruano, se opuso al bloqueo comercial a Cuba en la reunión de cancilleres de la OEA de 1960. Porras, más bien conservador, no era en absoluto izquierdista, ni mucho menos castrista; era –como gustaba nombrarse- hispanoamericano, y aunque no conciliaba con los métodos del ‘barbudo’, reconocía que había extirpado de la isla una dictadura corrupta y servil de los intereses norteamericanos como la de Batista. No tuvo tiempo de desengañarse, pues falleció ese mismo año, pero a la luz del momento, su posición fue sincera y viril.     

    Mario Vargas Llosa, quien fuera también su alumno y directo colaborador, refiere en más de una oportunidad, su deslumbramiento ante la prédica de Porras, al punto de cuestionarse si debía optar por la Historia o la Literatura. Felizmente eligió lo segundo, aunque muchas de sus novelas dejan ver la impronta de su maestro: ‘La tía Julia y el escribidor’ en la que Porras es personaje clave en la supervivencia de la pareja; en el ’El hablador’ en la que lo alude constantemente, y, de un modo indirecto, en las novelas que recogen momentos muy precisos de nuestra historia, como ‘Conversaciones en la Catedral’ (sobre la dictadura de Odría) o ‘El paraíso en la otra esquina’, basada en la estancia peruana de Flora Tristán, engarzada con la aventurera vida de su nieto, el pintor Paul Gauguin. Hay en ellas un interés histórico que sobrepasa el tema meramente peruano para lograr novelas como ‘La guerra del fin del mundo’ (sobre la Guerra de Canudos, en Brasil), ‘La fiesta del chivo’ (sobre los últimos años de la dictadura de Trujillo en República Dominicana), o más recientemente, ‘El sueño del celta’, sobre las justificadas denuncias de Roger Casement (entonces embajador del Reino Unido) sobre la explotación de nativos en el Congo y en la amazonia peruana.

    Raúl Porras Barrenechea murió de un sorpresivo ataque cardiaco en su casa de la calle Colina, en Miraflores, el 27 de septiembre de 1960. En la Casona de San Marcos hay una placa que anuncia el lugar en que dictó su última clase, y es que Porras no dejó de ser maestro; en sus últimos años llegó a ser canciller de la República, mas no dejó ni descuidó su cátedra de historia; ésa que lo hizo tan feliz. Esa que hoy nos hace recordarlo.

Lima, septiembre de 2012


(1) Me refiero, sin duda, a los viejos billetes de veinte soles, pues los que entraron en circulación el año 2009, han endurecido de tal modo el semblante de los homenajeados que, a la par de deformar sus rasgos, les han borrado cualquier gesto de bonhomía.




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