domingo, 6 de junio de 2021

PUNCHAUCA, DOSCIENTOS AÑOS DESPUÉS

Era un golpe de Estado inédito, perpetrado contra un representante de la corona española por sus propios oficiales, reparaba San Martín sobre lo sucedido en Aznapuquio en enero de aquel año de 1821: Joaquín de la Pezuela, otrora lugarteniente del inflexible Abascal, era depuesto por el teniente general José de la Serna e Hinojosa. La posibilidad de extender una tregua para recomponer a ambos bandos se veía cercana, pues al igual que él, el representante de facto de Fernando VII era masón, y eso lo aproximaba a un encuentro más auspicioso que el de Miraflores para reforzar a su ejército. Era menester atender a los soldados que padecían de disentería y paludismo en Huacho, Supe, Barranca y Pativilca. La paciencia se hizo sabia. Sabía que La Serna no estaba en condiciones de atacar. La bella guayaquileña Rosa Campuzano, extraño empuje de discreción femenina y temeridad, y otros espías como Francisco Javier Mariátegui, lo mantenían al tanto de la precaria situación en el campamento de los godos. 

                 José de la Pezuela, virrey de facto del Perú, luciendo el título de 'Conde los lo Andes' que le confirió Fernando VII, cuando llegaba a Madrid la noticia de su derrota y capitulación en Ayacucho, en diciembre de 1824.

    El propio “general rebelde”, como era motejado por los realistas, urgía de medicamentos en sendas epístolas dirigidas a Bernardo O’Higgins, su hermano de la Logia Lautaro, director supremo de Chile, y uno de los principales financistas de su expedición. De las Provincias Unidas del Río de la Plata era difícil esperar alguna ayuda dada la distante y agreste geografía que lo desconectaban de ellas, y la convulsa situación política del momento. 

    La providencia y el clima, sin embargo, hicieron lo suyo. Persuadido Fernando, “el Deseado”, de la necesidad de un entendimiento con San Martín, envía al solícito y muy simpático Manuel Abreu, hombre de finos modales quien le recordó al general el trato amable que tuvo en Málaga con su madre y hermana. Don José, no menos cortés, dispuso para él un magnífico hospedaje, mayordomos y un edecán. Incluso los términos con que Abreu obsequió a San Martín, denotaban un trato distinto de la corona: no era más el “rebelde”, sino el “disidente”. Fue debido a su mediación que el reacio La Serna aceptó llevar a cabo las negociaciones en mayo de 1821; este no tenía alternativa ante las instrucciones de un comisario real y su tambaleante condición de virrey, al no haber sido ratificado por el soberano español. 


Fernando VII, tozudo rey de España, en magnífica representación pictórica del limeño José Gil de Castro, ante quien jamás posó. El óleo fue ejecutado en Lima por su autor y se conserva en el Museo Nacional de Antropología, Arqueología e Historia del Perú, en el distrito de Pueblo Libre (Magdalena Vieja), Lima.

    No obstante la sincera empatía que fluía entre San Martín y Abreu, el general entendió que era menester algo más que los buenos oficios de su huésped para hacerlos efectivos. Así dispuso que el general inglés, Guillermo Miller, atacara por mar los puertos intermedios, entre Pisco y Arica. A su vez, el general Juan Antonio Álvarez de Arenales, oriundo de España y criado en el Río de la Plata, incursiona en la sierra central, haciéndose de Jauja y Pasco. El objetivo era cortar la entrada de víveres a la capital, favoreciendo el ingreso de un José victorioso a los dominios de un José flanqueado y en clara desventaja. 

San Martín estaba decidido a asediar Lima, cuando llega la carta esperada. Otra vez la providencia, pensó. Era La Serna quien invitaba al “jefe rebelde” a negociar. San Martín sonríe de buen grado. Era evidente que las circunstancias lo favorecían: no solo tenía el aprecio y la mejor disposición de Abreu; también a un virrey masón con el que, pese a las discrepancias, podría entenderse con una cierta cordialidad. 

El vencedor de Maipú designa como delegados a Tomás Guido, José García del Río y José Ignacio de la Roza. El virrey elige como lugar de encuentro la hacienda Punchauca, entre Lima y Canta, en el valle del río Chillón (hoy, distrito de Carabayllo). Las instrucciones del general San Martín son simples y precisas: el reconocimiento de la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Chile, y el Perú. Los delegados realistas, por su parte, opusieron el reconocimiento de la Constitución de Cádiz de 1812 que ya había sido jurada en Lima durante el mandato del virrey Abascal. Ello, no obstante, significaba la sujeción del Perú a la Metrópoli y, por tanto, el desconocimiento de su nacimiento como Estado. Abreu intervino con una fórmula que satisfizo en parte a los “disidentes”: que comisionados de Chile y el Perú fueran junto con él a Madrid a negociar la paz. Las Provincias Unidas del Río de la Plata quedaban excluidas, por cuanto San Martín carecía de representatividad en ellas.

Contra lo que pueda creerse, don José esperaba este desenlace. Había que pedir lo más para obtener un punto intermedio que asegurase la forma de gobierno que él y su colaborador, Bernardo de Monteagudo, habían ideado para asegurar un Perú independiente: la monarquía constitucional. No era una idea nueva. Ambos conocían las aparentes ventajas del Plan de Iguala, ideado para la Nueva España (México), que supuso el acuerdo entre el realista Agustín Iturbide y el patriota Vicente Guerrero, bajo tres fundamentos: la búsqueda de un príncipe de la casa de Borbón para que gobierne bajo un sistema de monarquía constitucional, reconociendo la igualdad entre americanos y peninsulares, y a la religión católica como única y excluyente. 

Era momento de encontrarse con el virrey. Hablarían finalmente los jefes de ambos bandos. Acompañado de los coroneles Las Heras, Necochea, Paroissien y dos de sus edecanes, atravesó tierras áridas por momentos preñadas de riachuelos y canales prehispánicos que enverdecían lo que alguna vez fue desierto. La mano del antiguo peruano había transformado la naturaleza. Don José observaba respetuosamente esos molles que manos milenarias habían hecho crecer. Llegó a la hacienda cuando se ponía el sol. Espléndida imagen. Los balaustres, los tallados de puertas y las rejas contorneadas de las ventanas; la capilla anexa de dulzón canturreo anunciaba su llegada. Abreu, a quien consideraba ya un amigo, lo esperaba sonriente en el magnífico portón. Se dieron un abrazo, guiándolo luego por amplias habitaciones iluminadas por candiles. Tocó finalmente una puerta casi tan grande como la de ingreso. “¡Adelante!”, se oyó. Un hombre de porte militar, sentado sobre un mullido sillón lo saludó con afecto y lo invitó a sentarse junto a él. El general se excusó: demasiado tiempo soportando el lomo de un caballo. El hombre que festejaba la excusa del “disidente” era José de La Serna, el virrey de facto. 


Célebre óleo del artista peruano, Juan Lepiani, representando la entrevista de Punchauca entre el general José de San Martín y José de la Serna, conservado en el el auditorio del Museo Nacional de Antropología, Arqueología e Historia del Perú.

- Puede que no me reconozca, pero yo sí a usted. Soy hombre de armas, y he blandido mi espada por la causa del rey- dijo La Serna. 

- Lo sé, mi general. Serví a esa misma causa durante veinte años – repuso San Martín-. Usted y yo peleamos contra los franceses en Bailén.

- Es hombre de buena memoria, general. ¿Y ahora se levanta contra su majestad?

- ¿Quién se ha levantado contra quién, mi general?

    La Serna carraspeó. No podía olvidar que había derrocado al legítimo representante de Fernando VII y que su autoridad estaba condicionada a un reconocimiento regio. De allí que, aunque virrey en los hechos, el “jefe de los rebeldes” no lo tratase de “su excelencia” o “señor virrey”. Hizo un gesto con el brazo y al instante ingresaron los pajes sirviendo la cena. Convinieron en tratar el asunto al día siguiente. 

    A la mañana del 2 de junio, don José desayunó con sus acompañantes y, poco antes del mediodía, se reunió nuevamente con el virrey. 

- General La Serna, vengo a proponerle la independencia del Perú de manera pacífica y digna para ambas partes- el virrey frunció el ceño, pero no lo interrumpió-. Propongo para el Perú una regencia bajo su poder y dos vocales por los nacidos en estas tierras y dos más por los de España. 

- ¿Qué dice usted?- preguntó La Serna extrañado. 

- Es momentáneo, mi general –respondió San Martín-, en tanto un príncipe de Borbón quiera tomar la corona del Perú, siempre y cuando admita un Congreso soberano y jure fidelidad a una Constitución que dicho Parlamento sancionará. 

    La Serna repasaba el mentón con sus manos. Además de haber depuesto a Pezuela por blandengue, él mismo había jurado ante Canterac, Valdés, Monet y Carratalá, entre otros, que habría de defender las armas del rey. No daba crédito a la propuesta del “rebelde”. 

- No es posible mantener este estado de cosas, mi general –prosiguió San Martín-. Si es mi deber para con la América, yo mismo iré a Madrid a explicar este propósito a su majestad. Comprenda usted que esta tierra ya no es vuestra, como tampoco lo es el resto del continente. Ni usted ni nadie puede remediar las cosas en favor de la causa del rey. Nos gobernamos nosotros en gran parte del continente. Ustedes pueden formar parte de él, si así lo desean, mas no estar por encima de nuestras gentes- argumentó don José. 

    Visiblemente fastidiado, el virrey pidió cuarenta y ocho horas para dar una respuesta ante la propuesta sanmartiniana. 

    Finalmente, esta llegó de manos de Valdés y del coronel Camba. Decía: “(…) que se acordase una cesación de hostilidades por el tiempo necesario para obtener una resolución definitiva de la Corte, y que mientras tanto, tirando una línea de Oeste a Este por el río Chancay, gobernasen al norte los Independientes, el país que ocupaban, que el resto del Perú será gobernado por nuestra Constitución, nombrando S. E. al intento una Junta de Gobierno, que el mismo Virrey se embarcará para Europa a instruir a S. M. de lo que pasaba y que si San Martín quería llevar a cabo su proyecto de pedir un príncipe de la familia real de España, podrían hacer el viaje juntos”.

    Don José, enterado de que esta misiva la había recibido cuando La Serna ya había abandonado Lima para acantonarse con su ejército en el Cusco, se despidió efusivamente de Abreu en el 'Moctezuma' que estaba a punto de abandonar el Callao. 

- Adiós, mi general. Sé agradecer la hospitalidad que tuvo a bien brindarme- dijo Abreu-. Entra usted a Lima, ¿verdad?

- Aún no, amigo mío. Aún no. Cuando sea propicio. 

Luis Fernando Poblete Elejalde 
Lima, 02 de junio de 2021

  "POST SCRIPTUM"

Pocas horas después de que el Instituto Sanmartiniano del Perú tuviera la gentileza de publicar el presente artículo, al conmemorarse los doscientos años de la primera y única entrevista entre el general José de San Martín y el representante no reconocido de Fernando VII, en la hacienda Punchauca (hoy, distrito de Carabayllo, parte integrante  de la ciudad de Lima), escuchamos atónitos por Radio Nacional, las declaraciones de la viceministra de Patrimonio Cultural e Industrias Culturales, señora Leslie Urteaga, encomiando el valor histórico del inmueble, hoy en estado ruinoso. Explica que recién el próximo mes -sin precisar fecha- recibirá la convocatoria con miras a tener el expediente técnico al cual se asignará "más de medio millón de soles", según ella. No queremos ser doblemente malpensados, desde luego, pero como ella misma advierte, vienen realizándose trabajos de vigilancia, limpieza y protección de Punchauca desde que en 2018 se lanzó a nivel nacional el inicio de las festividades por las actividades del bicentenario. Se suponía que para el 2 de junio de este año, tendríamos una hacienda debidamente restaurada y reconstruida, con muebles de época. Cierto es que la cuarentena atrasó lo que jamás se hizo, salvo que para doña Leslie, "vigilancia" equivalga a un centro recurrente de gentes de mal vivir; que "limpieza" signifique acariciar tímidamente las cerdas de una escoba contra las inmundicias que dejan esas personas en sus noches alucinadas, y que "protección" se reduzca a apuntalar con raquíticas maderas lo que aún se mantiene en pie por la contundencia de sus muros. Finalmente, señora viceministra, la cronología de los hechos nos ha exonerado de ser fieles y, por el contrario, extremadamente ateos de la buena voluntad de los titulares del Ministerio de Cultura, ante derrumbes y siniestros varios en monumentos históricos y arquitectónicos de nuestra ciudad capital: el del parte de un palacete de 1905 entre la plaza Bolognesi y la avenida Arica, en Breña; los dos edificios chamuscados e inhabitables que don Víctor Larco Herrera inauguró en 1924 para dar realce al bello obelisco del Combate del Callao del 2 de mayo de 1866, con motivo del aniversario de la Batalla de Ayacucho, y qué duda cabe, el más reciente: el Edificio Giacoletti en plena Plaza San Martín, más antigua que ella misma, con motivo del centenario. De ahí que, como dijimos antes, no queremos pecar de doblemente malentendidos. Que sus palabras, algo tardías, no se difuminen en el empedrado de las buenas intenciones como las ilusiones del vencedor de Maipú de llegar a una solución. Al menos, La Serna fue más expeditivo.

Lima, 06 de junio de 2021 


Estado actual de la hacienda Punchauca. Foto: Radio Nacional

Comentarios