sábado, 29 de noviembre de 2025

BRUJO DE LOS ANDES, TAYTA CÁCERES Y, SIN DUDA, EL HÉROE JAMÁS VENCIDO

El gran Mariscal del Perú don Andrés A. Cáceres Dorregaray, héroe de la Batalla de Tarapacá, y de la resistencia peruana durante la ocupación chilena, conocida como Campaña de la Breña (1881-1883), había nacido en Ayacucho el 10 de noviembre de 1839. Su habilidad para escabullirse del ejército enemigo le granjeó entre ellos el apelativo de 'Brujo de los Andes'. "Parecía estar en todos lados y en ninguno", diría de él Vicuña Mackenna. Los montoneros que reclutó para la guerra, solían llamarlo 'Tayta Cáceres' por su trato paternal hacia ellos, a quienes se dirigía a menudo en quechua. Llegó a transportar cañones desde Lima hasta la sierra escondidos en ataúdes, fingiendo toda la parafernalia de un cortejo fúnebre. Fue un resuelto opositor al Tratado de Ancón de 1880 que suponía la cesión territorial perpetua del departamento de Tarapacá, y desconoció la presidencia títere del general Miguel Iglesias, a quien solía referirse como 'hacendado con galones' o 'Barón de Montán': Bien lo sabía, quien ocupaba espuriamente el Palacio con bandera chilena era Manuel Baquedano, mientras Lynch se dedicaba a saquear las haciendas azucareras del norte.

El general Cáceres ocupó dos veces la presidencia constitucional de la República. Su primera gestión abarcó desde el 3 de junio de 1886 hasta el 10 de agosto de 1890. La segunda (la más controvertida) se inició el 10 de agosto 894, siendo interrumpida de manera abrupta por la revuelta de Nicolás de Piérola, hombre experto en derrocamientos, pero pésimo estratega militar por no haber seguido la carrera de las armas. A la impericia del 'Califa' Piérola en estos menesteres, se debió años antes el fracaso de las líneas defensivas de Lima que él mismo había dispuesto.

Durante su ancianidad, transcurrida en el balneario de Ancón, Cáceres se avocó a dejar plasmadas sus memorias con la ayuda de su hija Zoila. Ella le repreguntaba ciertos datos que el Mariscal a baja voz, pero llena de convicción quería recordar y dejar en papel lo que había visto en aquella guerra que con justeza debió ser llamada del Salitre y no del Pacífico.

- No soslayes a mis montoneros y sus rabonas -interrumpió-. Tu madre Antonia y yo comíamos junto a ellos, "chacchállabamos" con ellos.

Una pena invadió su alma. Zoila, se alarma. "¡Prado, Pradito!", susurró él: había luchado por la independencia de Cuba, a su regreso al Perú se puso a mi órdenes. ¡Qué prodigio de hombre y joven oficial al dirigir su propio fusilamiento!

En 1920, por acuerdo del Congreso de la República, el presidente Augusto B. Leguía le entregó el bastón de Mariscal del Perú, escena que ha sido perennizada en el bello mural que corona la residencia que el Estado peruano tenía destinada para el Héroe de la Breña (hoy sede de la Benemérita Sociedad Fundadores de la Independencia, en la avenida Arequipa). Cáceres no alcanzaría a ocuparla.

Aquel 27 de noviembre de 1879, Belisario Suárez, jefe del Estado Mayor peruano daba por perdida la batalla. Grau ya había muerto y el mar era de valor estratégico para la recepción de armamentos; el Independencia había encallado y el Huáscar no tenía más a su gran comandante. Ante su asombrada mirada vio cómo junto a Bolognesi, Ugarte y otros, el coronel Cáceres se sobrepuso a una herida y pidió montar su caballo y reincorporarse al frente del Zepita. Sobre el suelo tarapaqueño quedaron inertes los cuerpos de 517 chilenos y 236 españoles. Victoria pírrica, debida a la infantería peruana; no había caballería suficiente para alcanzar a los chilenos que corrían desesperados.

Es la integridad la que forja el coraje de un militar y del deber servido, no importando la superioridad numérica. El mariscal Andrés A. Cáceres Dorregaray, lo sabía y los encaró sin dobleces.

El 10 de octubre de 1923, exactamente un mes después de haber cumplido 86 años, el guerrero rindió el alma al Creador en su casa de Ancón, al norte de Lima, acaso acariciado por la brisa marina.



Lima, 27 de noviembre de 2025




martes, 25 de noviembre de 2025


MANUELA, MI MUY AMADA MANUELA

Al Centro de Estudios Históricos Manuela Sáenz que me honra inmerecidamente con mi pertenencia a él.  

Simón había llegado de su breve visita al Potosí. Lucía cansado; el clima tan alto que dejó al mando de Antonio José de Sucre con un nuevo país que llevaba su nombre, lo tenía extenuado. Firmó algunos documentos precisos para la administración peruana en el Palacio que antes ocupaban los virreyes. Dio las gracias a don Hipólito Unanue, el sabio ariqueño que sirvió a gobernantes venidos de ultramar, y después de Punchauca a San Martín y, desde 1823, a él. "Repose, mi general, se le ve que está muy extenuado". En su mente quedó impresa algo que le escribió al extinto José Faustino Sánchez Carrión: "Ya no hay guerras, mi muy querido amigo, pero me queda Manuela". 

El sonido de carruajes hacia la Magdalena resonó esa noche, pero Simón que acaso resentía sus dolencias, se dejó besar por una bella dama. 

Manuela no había nacido en cuna de oro. Siendo hija extramatrimonial de su padre, tuvo que vérselas con la adversidad de haber sido casada en su adolescencia con un mercante inglés que vivía en ese pueblo muy cerca de Lima, habiendo prestado servicios a la causa patriota y distinguida con la Orden El Sol del Perú, y aunque Simón cumplió su juramento de no volverse a casar con mujer alguna luego de su largo duelo en Caracas, a ella le confió incluso sus infidelidades. Era natural entre dos caracteres aparentemente disímiles. Simón reconocía en aquel prodigio de mujer que estuvo frente a él una noche guayaquileña a quien, a veces, lo superaba en optimismo y en el buen saber de la guerra y las intrigas. 

Manuela Sáenz de Vergara y Aizpuro  había nacido en Quito el 27 de diciembre de 1797; era entonces catorce años menor que él, pero ello no le impidió conocer al detalle al Libertador de América.

- ¡¿Y tú crees crees que esa camisa manchada con labios de mujer no la he visto antes?!- recuerda O'Leary, fiel edecán de Bolívar. 

"De pronto, la señora sacó un fuete y le dio tremenda zurra en la cara. El Libertador no salió de la quinta en quince días hasta curarse lo suficiente.", añade en su biografía de don Simón. 

Y es que Manuela ya había vestido contra todo prejuicio de su época el traje militar en la Batalla de Ayacucho, con título de coronela. y se había fajado contra los godos como el más experimentado combatiente. Sucre dio cuenta de ello en dos escritos dirigidos al Libertador: el parte de guerra oficial y una carta que se consigna entre los documentos que él mismo escribió o fue destinatario. Todos documentos a cuya existencia debemos a la mujer que con paciencia murió en Paita. No podíamos saber quién fue Bolívar en su intimidad si no guardaba esos documentos. 

"¡Santander, todos a Santander!", se le oyó decir cuando el Palacio en Bogotá era mancillado por los secuaces de quien su "amante" sabía traidor a la causa bolivariana. Yacía en el piso, a instancias de ella, porque uno de los secuaces de quien tanto quería Bolívar, lo traicionó y quiso verlo muerto: José María de Paula Santander, un grisáceo abogado a quien el primero le dio el título militar de "general". A su vez, en su Venezuela natal, Páez, otro compañero de armas en mejores épocas, deseaba la muerte del "tirano". 

Manuela fue no una vez como nos describe la historia oficial, 'Libertadora del Libertador'. Se le atribuye la frase a don Ricardo Palma. De de hecho, la consigna tempranamente en una de sus sabrosas 'Tradiciones Peruanas', no tan dulces, pese a su estilo socarrón, que en sus 'Tradiciones en salsa verde'.

Manuela recibe una grata visita; es Robinson quien la busca, y ella sabe que tras de ese apelativo se esconde un grato nombre: Simón Rodríguez, el tutor favorito del ya fallecido Bolívar. La encuentra, a decir de Blanco Fombona, guapa y "muy agradable a la vista". Ella, convertida en una tabacalera al norte del Perú, pasaba sus días siempre apreciada por las gentes, lo que no es por fuerza señal de gratitud. 

Conversaron de muchas cosas del pasado reciente y, entre ellas, le mostró a Rodríguez que hermanaba su nombre con el de su amado, un par de baúles. "Esta son todas sus cartas", dijo ella. "Me las dio para que yo que las custodiara". A Robinson no pudo menos que escaparle la tentación de leer lo escrito por su pupilo, y se emocionó con una en especial: 

"Pativilca, 19 de enero de 1824

Al señor don Simón Rodríguez:

¡Oh mi Maestro! ¡Oh mi amigo! ¡Oh mi Robinson, Ud. en Colombia! Ud. en Bogotá, y nada me ha dicho, nada me ha escrito. Sin duda es Ud. el hombre más extraordinario del mundo; podría Ud. merecer otros epítetos pero no quiero darlos por no ser descortés al saludar un huésped que viene del Viejo Mundo a visitar el nuevo; sí a visitar su patria que ya no conoce, que tenía olvidada, no en su corazón sino en su memoria. Nadie más que yo sabe lo que Ud. quiere a nuestra adorada Colombia. ¿Se acuerda Ud. cuando fuimos juntos al Monte Sacro en Roma a jurar sobre aquella tierra santa la libertad de la patria? Ciertamente no habrá Ud. olvidado aquel día de eterna gloria para nosotros; día que anticipó por decirlo así, un juramento profético a la misma esperanza que no debíamos tener. 

(...) Amigo, si tan irresistibles atractivos no impulsan a Ud. a un vuelo rápido hacia mí, ocurriré a un apetito más fuerte: la amistad invoco.

Presente Usted esta carta al Vicepresidente, pídale Ud. dinero de mi parte, y venga Ud. a encontrarme."

Ciertamente se encontraron, no en Pativilca pero sí en la Quinta de la Magdalena, a las afueras de Lima.

- Te veo muy triste y desmejorada, viviendo de escasez cuando el gobierno peruano te puede obsequiar un bono mensual- refiere Rodríguez. 

-Nací en el centro del mundo, no le voy a pedir favores a nadie, maestro.

Y el maestro que conocía bien el temperamento del pupilo y de su amada, acaso por estar cerca de él, murió en Amotape, muy cerca de ella.

Manuela víctima de una peste que se hizo invisible en el cielo de Paita, falleció, sin distinciones ni más condecoraciones que su Orden el Sol del Perú. Su cuerpo, frente a a la posibilidad de un contagio, fue quemado. No hay tumba ni en el Perú ni en su tierra natal que pueda decirse suya, simples cenotafios. 





Lima, noviembre de 2025