sábado, 29 de noviembre de 2025

BRUJO DE LOS ANDES, TAYTA CÁCERES Y, SIN DUDA, EL HÉROE JAMÁS VENCIDO

El gran Mariscal del Perú don Andrés A. Cáceres Dorregaray, héroe de la Batalla de Tarapacá, y de la resistencia peruana durante la ocupación chilena, conocida como Campaña de la Breña (1881-1883), había nacido en Ayacucho el 10 de noviembre de 1839. Su habilidad para escabullirse del ejército enemigo le granjeó entre ellos el apelativo de 'Brujo de los Andes'. "Parecía estar en todos lados y en ninguno", diría de él Vicuña Mackenna. Los montoneros que reclutó para la guerra, solían llamarlo 'Tayta Cáceres' por su trato paternal hacia ellos, a quienes se dirigía a menudo en quechua. Llegó a transportar cañones desde Lima hasta la sierra escondidos en ataúdes, fingiendo toda la parafernalia de un cortejo fúnebre. Fue un resuelto opositor al Tratado de Ancón de 1880 que suponía la cesión territorial perpetua del departamento de Tarapacá, y desconoció la presidencia títere del general Miguel Iglesias, a quien solía referirse como 'hacendado con galones' o 'Barón de Montán': Bien lo sabía, quien ocupaba espuriamente el Palacio con bandera chilena era Manuel Baquedano, mientras Lynch se dedicaba a saquear las haciendas azucareras del norte.

El general Cáceres ocupó dos veces la presidencia constitucional de la República. Su primera gestión abarcó desde el 3 de junio de 1886 hasta el 10 de agosto de 1890. La segunda (la más controvertida) se inició el 10 de agosto 894, siendo interrumpida de manera abrupta por la revuelta de Nicolás de Piérola, hombre experto en derrocamientos, pero pésimo estratega militar por no haber seguido la carrera de las armas. A la impericia del 'Califa' Piérola en estos menesteres, se debió años antes el fracaso de las líneas defensivas de Lima que él mismo había dispuesto.

Durante su ancianidad, transcurrida en el balneario de Ancón, Cáceres se avocó a dejar plasmadas sus memorias con la ayuda de su hija Zoila. Ella le repreguntaba ciertos datos que el Mariscal a baja voz, pero llena de convicción quería recordar y dejar en papel lo que había visto en aquella guerra que con justeza debió ser llamada del Salitre y no del Pacífico.

- No soslayes a mis montoneros y sus rabonas -interrumpió-. Tu madre Antonia y yo comíamos junto a ellos, "chacchállabamos" con ellos.

Una pena invadió su alma. Zoila, se alarma. "¡Prado, Pradito!", susurró él: había luchado por la independencia de Cuba, a su regreso al Perú se puso a mi órdenes. ¡Qué prodigio de hombre y joven oficial al dirigir su propio fusilamiento!

En 1920, por acuerdo del Congreso de la República, el presidente Augusto B. Leguía le entregó el bastón de Mariscal del Perú, escena que ha sido perennizada en el bello mural que corona la residencia que el Estado peruano tenía destinada para el Héroe de la Breña (hoy sede de la Benemérita Sociedad Fundadores de la Independencia, en la avenida Arequipa). Cáceres no alcanzaría a ocuparla.

Aquel 27 de noviembre de 1879, Belisario Suárez, jefe del Estado Mayor peruano daba por perdida la batalla. Grau ya había muerto y el mar era de valor estratégico para la recepción de armamentos; el Independencia había encallado y el Huáscar no tenía más a su gran comandante. Ante su asombrada mirada vio cómo junto a Bolognesi, Ugarte y otros, el coronel Cáceres se sobrepuso a una herida y pidió montar su caballo y reincorporarse al frente del Zepita. Sobre el suelo tarapaqueño quedaron inertes los cuerpos de 517 chilenos y 236 españoles. Victoria pírrica, debida a la infantería peruana; no había caballería suficiente para alcanzar a los chilenos que corrían desesperados.

Es la integridad la que forja el coraje de un militar y del deber servido, no importando la superioridad numérica. El mariscal Andrés A. Cáceres Dorregaray, lo sabía y los encaró sin dobleces.

El 10 de octubre de 1923, exactamente un mes después de haber cumplido 86 años, el guerrero rindió el alma al Creador en su casa de Ancón, al norte de Lima, acaso acariciado por la brisa marina.



Lima, 27 de noviembre de 2025




martes, 25 de noviembre de 2025


MANUELA, MI MUY AMADA MANUELA

Al Centro de Estudios Históricos Manuela Sáenz que me honra inmerecidamente con mi pertenencia a él.  

Simón había llegado de su breve visita al Potosí. Lucía cansado; el clima tan alto que dejó al mando de Antonio José de Sucre con un nuevo país que llevaba su nombre, lo tenía extenuado. Firmó algunos documentos precisos para la administración peruana en el Palacio que antes ocupaban los virreyes. Dio las gracias a don Hipólito Unanue, el sabio ariqueño que sirvió a gobernantes venidos de ultramar, y después de Punchauca a San Martín y, desde 1823, a él. "Repose, mi general, se le ve que está muy extenuado". En su mente quedó impresa algo que le escribió al extinto José Faustino Sánchez Carrión: "Ya no hay guerras, mi muy querido amigo, pero me queda Manuela". 

El sonido de carruajes hacia la Magdalena resonó esa noche, pero Simón que acaso resentía sus dolencias, se dejó besar por una bella dama. 

Manuela no había nacido en cuna de oro. Siendo hija extramatrimonial de su padre, tuvo que vérselas con la adversidad de haber sido casada en su adolescencia con un mercante inglés que vivía en ese pueblo muy cerca de Lima, habiendo prestado servicios a la causa patriota y distinguida con la Orden El Sol del Perú, y aunque Simón cumplió su juramento de no volverse a casar con mujer alguna luego de su largo duelo en Caracas, a ella le confió incluso sus infidelidades. Era natural entre dos caracteres aparentemente disímiles. Simón reconocía en aquel prodigio de mujer que estuvo frente a él una noche guayaquileña a quien, a veces, lo superaba en optimismo y en el buen saber de la guerra y las intrigas. 

Manuela Sáenz de Vergara y Aizpuro  había nacido en Quito el 27 de diciembre de 1797; era entonces catorce años menor que él, pero ello no le impidió conocer al detalle al Libertador de América.

- ¡¿Y tú crees crees que esa camisa manchada con labios de mujer no la he visto antes?!- recuerda O'Leary, fiel edecán de Bolívar. 

"De pronto, la señora sacó un fuete y le dio tremenda zurra en la cara. El Libertador no salió de la quinta en quince días hasta curarse lo suficiente.", añade en su biografía de don Simón. 

Y es que Manuela ya había vestido contra todo prejuicio de su época el traje militar en la Batalla de Ayacucho, con título de coronela. y se había fajado contra los godos como el más experimentado combatiente. Sucre dio cuenta de ello en dos escritos dirigidos al Libertador: el parte de guerra oficial y una carta que se consigna entre los documentos que él mismo escribió o fue destinatario. Todos documentos a cuya existencia debemos a la mujer que con paciencia murió en Paita. No podíamos saber quién fue Bolívar en su intimidad si no guardaba esos documentos. 

"¡Santander, todos a Santander!", se le oyó decir cuando el Palacio en Bogotá era mancillado por los secuaces de quien su "amante" sabía traidor a la causa bolivariana. Yacía en el piso, a instancias de ella, porque uno de los secuaces de quien tanto quería Bolívar, lo traicionó y quiso verlo muerto: José María de Paula Santander, un grisáceo abogado a quien el primero le dio el título militar de "general". A su vez, en su Venezuela natal, Páez, otro compañero de armas en mejores épocas, deseaba la muerte del "tirano". 

Manuela fue no una vez como nos describe la historia oficial, 'Libertadora del Libertador'. Se le atribuye la frase a don Ricardo Palma. De de hecho, la consigna tempranamente en una de sus sabrosas 'Tradiciones Peruanas', no tan dulces, pese a su estilo socarrón, que en sus 'Tradiciones en salsa verde'.

Manuela recibe una grata visita; es Robinson quien la busca, y ella sabe que tras de ese apelativo se esconde un grato nombre: Simón Rodríguez, el tutor favorito del ya fallecido Bolívar. La encuentra, a decir de Blanco Fombona, guapa y "muy agradable a la vista". Ella, convertida en una tabacalera al norte del Perú, pasaba sus días siempre apreciada por las gentes, lo que no es por fuerza señal de gratitud. 

Conversaron de muchas cosas del pasado reciente y, entre ellas, le mostró a Rodríguez que hermanaba su nombre con el de su amado, un par de baúles. "Esta son todas sus cartas", dijo ella. "Me las dio para que yo que las custodiara". A Robinson no pudo menos que escaparle la tentación de leer lo escrito por su pupilo, y se emocionó con una en especial: 

"Pativilca, 19 de enero de 1824

Al señor don Simón Rodríguez:

¡Oh mi Maestro! ¡Oh mi amigo! ¡Oh mi Robinson, Ud. en Colombia! Ud. en Bogotá, y nada me ha dicho, nada me ha escrito. Sin duda es Ud. el hombre más extraordinario del mundo; podría Ud. merecer otros epítetos pero no quiero darlos por no ser descortés al saludar un huésped que viene del Viejo Mundo a visitar el nuevo; sí a visitar su patria que ya no conoce, que tenía olvidada, no en su corazón sino en su memoria. Nadie más que yo sabe lo que Ud. quiere a nuestra adorada Colombia. ¿Se acuerda Ud. cuando fuimos juntos al Monte Sacro en Roma a jurar sobre aquella tierra santa la libertad de la patria? Ciertamente no habrá Ud. olvidado aquel día de eterna gloria para nosotros; día que anticipó por decirlo así, un juramento profético a la misma esperanza que no debíamos tener. 

(...) Amigo, si tan irresistibles atractivos no impulsan a Ud. a un vuelo rápido hacia mí, ocurriré a un apetito más fuerte: la amistad invoco.

Presente Usted esta carta al Vicepresidente, pídale Ud. dinero de mi parte, y venga Ud. a encontrarme."

Ciertamente se encontraron, no en Pativilca pero sí en la Quinta de la Magdalena, a las afueras de Lima.

- Te veo muy triste y desmejorada, viviendo de escasez cuando el gobierno peruano te puede obsequiar un bono mensual- refiere Rodríguez. 

-Nací en el centro del mundo, no le voy a pedir favores a nadie, maestro.

Y el maestro que conocía bien el temperamento del pupilo y de su amada, acaso por estar cerca de él, murió en Amotape, muy cerca de ella.

Manuela víctima de una peste que se hizo invisible en el cielo de Paita, falleció, sin distinciones ni más condecoraciones que su Orden el Sol del Perú. Su cuerpo, frente a a la posibilidad de un contagio, fue quemado. No hay tumba ni en el Perú ni en su tierra natal que pueda decirse suya, simples cenotafios. 





Lima, noviembre de 2025



 

miércoles, 6 de agosto de 2025

201 AÑOS DE LA BATALLA DE JUNIÍN

 El 6 de agosto de 1824, el Ejército Unido Libertador del Perú, al mando del general Simón Bolívar, dio batalla a las huestes realistas en las pampas de Junín.

Fue un encuentro con visos caballerescos, pues no se detonó salva alguna por parte de ambos ejércitos. Solo el ruido de sables, lanzas, y el rugido bronco de soldados y jefes militares, se dejó oír en el escenario de los acontecimientos.
Cuando todo parecía perdido para los patriotas, el oficial de los Húsares del Perú, José Andrés Rázuri, acometió la atinada y arriesgada estratagema de falsear la orden del mariscal peruano José de la Mar (futuro presidente de la República) dirigida al superior de los Húsares, coronel Isidoro Suárez, que consistía en salvar al Regimiento a toda costa.
Ante su jefe, Rázuri, puso en boca de La Mar lo siguiente: “Mi coronel, el general La Mar dispone que carguemos con todo contra los godos”. Fue así cómo los Húsares del Perú atacaron la retaguardia realista, viéndose estos últimos envueltos por todos los flancos.
Bolívar, quien, minutos antes había dado por perdida la batalla, al observar desde su catalejo esta acción estratégica, espoleó a su caballo, dirigiéndose a trote veloz hacia el jefe realista a quien exigía atrapar –“¡Todos a Canterac, no dejen que escape!”-.
El muy soberbio general José de Canterac, llegó a escapar, no sin antes haber dejado el estandarte de Fernando VII en el suelo. Su actitud cobarde fue censurada por el propio virrey La Serna.
En cuanto al gran Rázuri, cuya acción decidió la victoria de Junín, La Mar le espetó con rostro adusto y tono marcialmente afectado: “Mi deber me manda a fusilarlo en el acto por desacato, pero es a usted a quien se debe la victoria de hoy”.
Simón Bolívar, consciente de la acción decisoria de los Húsares del Perú en Junín, cambió por decreto su nombre original por el de ‘Húsares de Junín, Regimiento Libertador del Perú’.
Luis Fernando Poblete Elejalde
Lima, 6 de agosto de 2025



Foto: Composición gráfica publicada en el Diario Oficial El Peruano.

sábado, 7 de junio de 2025

BOLOGNESI. LOS SUYOS, ARICA Y LA BANDERA

 

Horas antes, en la madrugada, el coronel Francisco Bolognesi Cervantes, sorbía una taza de café. Era preciso estar despierto. La captura del ingeniero Teodoro Elmore encargado de sembrar las minas para la defensa periférica de Arica; la vergonzosa deserción de Agustín Belaunde, jefe de ‘Los cazaderos de Piérola’, y la sordera oportunista de Leyva (“¡Apure…!”), le dieron la certeza de que lo acompañaba la soledad. Era él quien debía sostener a Arica con la impericia de muchos de sus soldados, algunos jóvenes civiles ensayados sobre la marcha como bravos guerreros, valientes de raza. Era el caso del acaudalado empresario iquiqueño Alfonso Ugarte Vernal, exalcalde de su ciudad natal y del bonaerense Roque Sáenz Peña, apenas recibido de abogado. Otros, más próximos a la jubilación, aunque con la enmienda de los galones y la experiencia acumulados, como Justo Arias y Aragüez y él mismo.

     El gesto adusto del hombre acostumbrado a guerrear, se dulcificó al imaginarse en Lima junto a su amada María Josefa. Se dejó llevar por los recuerdos de una vida feliz y, abriendo finalmente el cajón de su tosco escritorio, se entregó con delectación a la lectura de las copias de aquella última carta fechada el 22 del mes anterior, en Arica. Sus ojos migraban de un párrafo a otro, recordándose jubilado. Años después entregaría a la defensa de la capital a dos hijos jóvenes, saludables y dispuestos a continuar la protección de la patria. De pronto, leyó sus propias líneas: “Nunca reclames nada para que no se diga que mi deber tuvo precio.” Un militar no se jubila mientras las fuerzas se lo impelen y la defensa nacional está en juego.


     Había recibido la intimación de un tal Juan de la Cruz Salvo, sargento y emisario del general enemigo Manuel Baquedano, que no salvaba en nada su posición; por el contrario, las palabras del mensajero con nombre de redentor, indignaron el espíritu del viejo coronel, lo hirieron en su honor de soldado.

     Minutos antes, Bolognesi lo había recibido en su despacho, adivinando sus intenciones, escudriñándolo con gestos de lince.

- Le oigo a usted, señor – dijo serenamente el jefe de Arica.

- Coronel, el general en jefe del Ejército de Chile, deseoso de evitar un derramamiento inútil de sangre, después de haber vencido en Tacna al grueso de los aliados, me envía a pedir la rendición de la plaza, cuyos recursos en hombres, víveres y municiones conocemos – respondió Salvo, dando una bocanada de aire.

No había aliados. Los bolivianos huyeron tras la batalla del Alto de la Alianza (Tacna), desconociendo el tratado de ayuda mutua suscrito en 1870 y aprobado por el Congreso peruano en 1873. Hilarión Daza volvió a su país con su ejército y dejó todo lío a la suerte de la "supremacía peruana". Esto apenas en 1879. De ahí el nombre de "Alto de la Alianza". Bolivia ponía fin a su muy conveniente alianza con el Perú.

- Tengo deberes sagrados y los cumpliré hasta quemar el último cartucho – respondió con firmeza el jefe peruano.

El consejo de guerra que se había reunido a órdenes suyas en presencia del emisario chileno, secundó a su comandante. Estaban todos en aquella pequeña sala, confirmando sus palabras. Salvo palideció.

- Ya oyó usted, señor Salvo. Puede repetirle al general Baquedano que Arica no se rinde- y adelantándose a este, repitió con énfasis-: ¡Lucharemos hasta agotar el último cartucho!

Salvo hizo una venia, encogiendo los hombros, y sentenció: “Mi misión está cumplida”.

El jefe de la Plaza revisó sus emplazamientos. Se detuvo un instante ante la bandera de guerra. La vio flamear orgullosa entre tan pocos soldados y contuvo el aliento. Promediaban las cinco de la mañana y era preciso tomar decisiones ante el avance de los extranjeros. Justo Arias, jefe de los ´Granaderos de Tacna’, era su primera contención y voz de alarma: debía impedir el avance del enemigo desde el ‘Ciudadela’, improvisado fortín al ingreso de Arica. La superioridad numérica de los enemigos hizo sombra entre armas y cadáveres. Admirado ante la valentía del oficial peruano, un soldado chileno vociferó: “No queremos matarlo, mi coronel. ¡Ríndase!”. A Arias le sublevó la misericordia del adversario: “¡No me rindo, so carajos! ¡Viva el Perú! ¡A ellos, muchachos!”. Una descarga calmó su ímpetu. Don Justo había cumplido con justicia su misión.

Francisco comprendió su destino, semejante al de aquel coetáneo y hermano de armas. No se ganaba por la fuerza; se vencía con el honor. Junto a él caía el capitán de navío Juan Guillermo More, comandante del perdido buque ‘Independencia’. Cumplía lo que alguna vez llamó "penitencia". Pese a ello, el revólver del jefe de la Plaza disparaba aún, mientras su canosa humanidad se paseaba entre los gemidos de cuerpos agonizantes. No estaba dispuesto a rendir Arica. No lo haría mientras palpitase.

Bolognesi se hacía de la situación por encima de sus circunstancias, de su ejército reducido, de su edad; esa que no alcanzó a limitarlo, a la que burlaba mientras sentía ese calor adormeciendo su pecho. Y seguía disparando, pues le quedaban balas y había resuelto descargarlas todas sobre uniformes enemigos. De pronto, sintió un fogonazo más en su espalda.

Yacía acostado junto a un suelo ensangrentado por los suyos. Procuró incorporarse pues le quedaba un cartucho que llegó a asestar al roto que le venía por delante. Luego vendría por detrás el culatazo que lo despidió de este mundo.

La soldadesca invasora, prontamente carroñera, lo despojó de su uniforme, dejándolo desnudo.
Hoy, 7 de junio, se conmemora el sacrificio del coronel Francisco Bolognesi Cervantes y de los soldados que, como él, rindieron cuerpo y alma por la integridad territorial y el honor de la bandera del Perú en 1880. Es por ello que se jura fidelidad ante la enseña patria en la plaza que torna inveterado el nombre y la figura del jefe de Arica y, en su nombre, la de sus valientes subordinados, caídos junto a él en combate.

Permítanme corregir respetuosamente, si cabe el término, a miembros de los institutos armados que le cambian el apellido, haciéndolo oír “Bolocnesi”. Don Francisco era hijo de un músico italiano, don Andrea (Andrés) Bolognesi y la correcta pronunciación de su apellido en fonética castellana es “Boloñesi”. El coronel hablaba un fluido italiano y solía corregir a quienes hacían disparates con su apellido. Su padre mismo lo llamaba “Francesco” (léase Franchesco), y las cartas a las que he accedido en enero de este año, no admiten dudas. Pronunciar bien el apellido del héroe de Arica es también una suerte de homenaje a quien todo lo dio por la dignidad de su país, sabiéndose perdido.

Luis Fernando Poblete Elejalde
Lima, 7 de junio de 2025

Imagen: Batalla de Aríca, óleo de Etna Velarde.











COMBATE DEL CALLAO (2 DE MAYO DE 1866)

 

Durante el primer gobierno de Mariano Ignacio Prado, merced a un golpe de Estado, se convocó a un gabinete extraordinario para resolver el asunto con España. Este pasaría a la historia como el ‘Gabinete de los talentos’. Para el ministerio de Guerra, designó al eminente jurista cajamarquino, don José Gálvez Egúsquiza, director a la sazón del Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe, y padre del gran orador, poeta y futuro presidente del Senado de la República, José Gálvez Barrenechea.

   Prado era un coronel deslucido, percibido entonces como hombre de ambiciones desmedidas. El problema radicaba en la supuesta ‘exploración científica’ que la reina Isabel II -digna descendiente de Fernando VII- había confiado al más cazurro de sus almirantes, Casto Méndez Núñez.

    Luego de ocupar las islas de Chincha –entonces el mayor yacimiento guanero en pleno apogeo -, reclamando derechos sobre ellas y pagos inaceptables que supuestamente el Perú debía a la corona española, la armada realista se apostó frente a la rada del Callao, tomando la isla de San Lorenzo como centro estratégico.

    A las doce del mediodía del 2 de mayo de 1866, Núñez Méndez ordena los primeros cañonazos contra el puerto. La vecindad de Lima en carruajes, a lomo de bestia, o sencillamente corriendo a través de la alameda que mandó a construir el virrey Marqués de Osorno (hoy avenida Colonial), tomando posiciones, se encontró con sus pares chalacos.

El otrora orgullo militar español para repeler en el siglo XVIII a piratas y corsarios: la inexpugnable Fortaleza del Real Felipe ahora enarbolaba bandera peruana. Semanas antes del inminente encuentro, el ministro Gálvez, a instancias de sus asesores militares, había ordenado la construcción de torreones o fuertes para contener el ataque de los buques enemigos.

 De dichos lugares, habrían de nacer los espíritus indomables de Cáceres (a cargo del fuerte Ayacucho), Lizardo Montero, y del propio Grau, quien estaba entonces al mando de la mítica corbeta Unión.

    El soberbio comandante hispano había considerado que, la del Callao, sería una victoria rotunda. A las doce horas con 55 minutos, un proyectil venido de un barco enemigo, hizo estallar el torreón de la Merced, y con él al valiente abogado que, ante la premura y la necesidad, aceptó ser ministro de Guerra. A Casto Méndez, el jefe de una armada que, bajo los anhelos de su reina, pretendió reconquistar al Perú, no le fue mejor. Minutos después de recibir un proyectil certero, hizo que toda su flota arriara las armas de España sustituyéndolas por timoratas banderas blancas. Luego, pidió permiso, a través de un emisario, para que le permitieran enterrar a sus muertos en San Lorenzo. El gobierno peruano no opuso inconvenientes y, hasta hoy, esos combatientes de ultramar, guardan el sueño eterno en una isla peruana rodeada de aguas chalacas.

    El desangelado y herido Casto Méndez Núñez, sobrevivió apenas dos años al célebre Combate del Callao, siendo condecorado por la corona de España de todas las formas posibles… pero sin honor.

    Se han cumplido desde aquel aleccionador combate ciento cincuenta y nueve años. El militarismo imperante en el siglo XIX, antes de la elección del Manuel Pardo, primer presidente civil que tuvo el Perú, no admitía que héroe civil caído en hecho bélico, no fuese militar.

     El mejor tributo que podemos rendir al indiscutible héroe el Combate del Callao, es liberarlo de las charreteras y del traje militar con galones de coronel que jamás vistió en su marcha a la inmortalidad.  




viernes, 4 de abril de 2025

DÍA DEL ABOGADO PERUANO (2 DE ABRIL DE CADA AÑO)

Tan solo la composición de su monumental Diccionario de la Legislación Peruana, justificaría que a 191 años de su nacimiento, veamos en Francisco García Calderón Landa al paradigma del abogado nacional. Fue precisamente por su reputación de brillante jurista que, convocado por una junta de notables, ocupó la presidencia de la República aquel álgido año de 1881.

Gobernando desde la Quinta de los Libertadores, en la Magdalena Vieja, rehusó la intimación enemiga de ceder la provincia litoral de Tarapacá. Su argumentación negaba tempranamente el ‘derecho de conquista’, hoy proscrito del orden internacional, y su actitud lúcida y enérgica era un escollo contra el que se daba de bruces el enemigo. Había que intimidarlo, arrestándolo y deportándolo a Chile.

Debía firmar la paz cediendo Tarapacá. La respuesta del arequipeño, cautivo ya, desconcertó al invasor: “La soberanía del Perú, origen de mi poder, no está sujeta a la autoridad de Chile, ni desaparecerá aunque todo estuviera ocupado". Solo lo dejaron libre cuando Miguel Iglesias, ‘Presidente Regenerador’ por voluntad del enemigo, auspició la firma del Tratado de Ancón que cedía a perpetuidad la provincia de Tarapacá, en 1883.

En 1886 ocuparía la presidencia del Senado de la República y la rectoría de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue, asimismo, el primer presidente de la Academia Peruana de la Lengua, fundada en 1887.

Moriría en Lima el 21 de septiembre de 1905, a la edad de 71 años. En un país acostumbrado a conmemorar las muertes y olvidar los natalicios, se celebra al abogado peruano, recordando la vida de don Francisco.

Un fraternal saludo a todos los profesionales del Derecho, y hoy, más que nunca, defendamos causas justas ('Orabunt causas melius').



jueves, 23 de enero de 2025

LIMA, SIEMPRE LIMA

Lima invasiva e invadida. Lima de balcones de cajón y aroma a picarón. Lima criolla, Lima serrana, Lima de todos. Lima mía y de zutano. Lima de tranvías durmiendo el sueño y de combis destruyéndolo, de trenes eléctricos y peatones presurosos. Lima de tardes frente al mar y de bocinazos en horas punta. Lima siempre. Lima de águilas en emblema y de gallinazos en las torres. Lima de pregones y serenos; de humiteros y suerteros, de ‘fast food’ y vivanderas, de anticucheras y vendedoras de mistura. Lima de Palma, de Polo y de Chabuca. Lima que te quiero bien, Lima que te quiero mal, que te quiero verde y que te quiero más. Lima de cielo gris, de pálido sol y de llovizna feliz. Lima del hombre que se cree interesante, también del ambulante. Lima que se construye sobre lo que se destruye. La Lima del ‘niño bien’ y la del humilde también. Lima cosmopolita, Lima del arenal. Lima, siempre Lima. Te bautizaron Ciudad de los Reyes, y en mejor y en justa comunión, te hiciste de la plebe. Lima mía, Lima de todos, tierra de santos y de espantos. Lima de turrón, si no en octubre en cualquier mes del año, pues en tu nombre siempre se toma chilcano.


L.F.P.E.