lunes, 18 de enero de 2021

LIMA, SIEMPRE LIMA

Lima invasiva e invadida. Lima de balcones de cajón y aroma a picarón. Lima criolla, Lima serrana, Lima de todos. Lima mía y de zutano. Lima de tranvías durmiendo el sueño y de combis destruyéndolo, de trenes eléctricos y peatones presurosos. Lima de tardes frente al mar y de bocinazos en horas punta. Lima siempre. Lima de águilas en emblema y de gallinazos en las torres. Lima de pregones y serenos; de humiteros y suerteros, de ‘fast food’ y vivanderas, de anticucheras y vendedoras de mistura. Lima de Palma, de Polo y de Chabuca. Lima que te quiero bien, Lima que te quiero mal, que te quiero verde y que te quiero más. Lima de cielo gris, de pálido sol y de llovizna feliz. Lima del hombre que se cree interesante, también del ambulante. Lima que se construye sobre lo que se destruye. La Lima del ‘niño bien’ y la del humilde también. Lima cosmopolita, Lima del arenal. Lima, siempre Lima. Te bautizaron Ciudad de los Reyes, y en mejor y en justa comunión, te hiciste de la plebe. Lima mía, Lima de todos, tierra de santos y de y de espantos. Lima de turrón, si no en octubre en cualquier mes del año, pues en tu nombre siempre se toma chilcano.

     Hace 486 años el conquistador extremeño y analfabeto, blandió su espada al cielo y te fundó bajo los fundamentos de los Lima, Wari e Ychsmas en nombre de los reyes de España. Fuiste la capital de la Nueva Castilla de Pizarro, la que tras del poderoso virreinato que lo sucedió, vio desfilar a libertadores, presidentes, dictadores y felones, y pese al drama de quienes te malquisieron y bendijeron, sigues siendo la capital del Perú.

    

      Nací bajo tu cielo y creo que desde el vientre materno aprendí a quererte. Te fui conociendo más de la mano de mis padres, y de las historias que contaban mis abuelos. El amor infantil siguió creciendo como las olas de tu verduzco mar, hasta hacerse inmarcesible. ‘Ciudad jardín’, la ‘Tres veces coronada villa’, la ‘Perla del Pacífico’, Patrimonio Cultural de la Humanidad, no faltando un célebre intelectual que te llamase ‘Lima, la horrible’ sin ánimo de menoscabarte, pero para los ojos y el corazón de este terco y devoto caminante de tus calles y de las historias que ocultas en ellas, declaro por enésima vez el más legítimo y genuino amor por ti.

Ciudad de los Reyes, 18 de enero de 2021

miércoles, 9 de diciembre de 2020

BATALLA DE AYACUCHO - DÍA DEL EJÉRCITO DEL PERÚ

 

Son las ocho de la mañana del 9 de diciembre de 1824. Ambos ejércitos están frente a frente, examinándose el uno al otro. Los realistas lo hacen desde las alturas del Condorcunca; el patriota, situado desde el día anterior en el valle de la Quinua, debajo de aquel pétreo centinela, mira hacia las alturas forzando la vista. En apariencia, la ubicación de los godos es inmejorable, pero el cusqueño Agustín Gamarra, jefe del Estado Mayor, es un conocedor de la sinuosa geografía serrana; de sus bondades y peligros, de sus dificultades y beneficios. Sabe que están encajonados y así se lo hace saber al jefe del Ejército Unido Libertador.

     A esa hora desciende a caballo el general Monet, fungiendo de emisario del virrey La Serna. Córdova, dándole el alcance, lo escucha con atención. El propósito del oficial enemigo es plausible: en ambos bandos hay gentes unidas por lazos consanguíneos. Permitirles algunos abrazos y frases de afecto antes de enristrarse en batalla, es un gesto que la humanidad del general Antonio José de Sucre no desconoce y que, por el contrario, alienta. Treinta y siete peruanos y veintiún colombianos, desprovistos de armas, llegaron al área neutral en la que aguardaban ya ochenta y dos realistas en similar condición. Treinta minutos después, regresan a sus respectivos campamentos para el rancho. El de los patriotas, más austero que el de sus adversarios, se reduce a galletas, queso, chancaca, y café. Sucre y sus oficiales comparten la misma vianda que sus soldados; el virrey y sus generales hacen el distingo con sus huestes: buena mesa y buen vino de Ica.


    Hacia las diez de la mañana, vuelve Monet. Le indica a Córdova que el virrey concede que los patriotas inicien la contienda. El peruano José de La Mar, que está a su costado, rechaza la invitación y, subrayando sus palabras, le replica cortés que ello corresponde a las armas de Fernando VII, pues los americanos son los dueños de casa. Monet, con un mohín de fastidio, emprende el retiro junto a su escolta.

    Sucre está consciente de que la gran falencia de su ejército radica en las pocas armas de fuego con  que dispone; toda su esperanza está puesta en el valor de los soldados y de la causa que defienden. Montado en su caballo, va escudriñando rostros y semblantes. Intenta adivinar ánimos y, oyendo los primeros fuegos enemigos, decide romper cualquier duda: “¡Soldados, de los esfuerzos de hoy pende la suerte de la América del Sur!”. Desenvaina el sable y señalando con él a los realistas que descendían hacia ellos, prosiguió: “¡Otro día de gloria va a coronar vuestra admirable constancia! ¡Viva la libertad de América! ¡Viva el Perú!”. Los vítores corren atronadores en las gargantas de oficiales y soldados decididos a embestir y someter a los godos. 


    Mira hacia lo alto y da instrucciones a Córdova de ganar el cerro; hay que silenciar los cañones del rey. Este se apea del caballo, se descubre el  sombrero jipijapa, levanta su espada y da la orden a los suyos: “¡División! ¡De Frente! ¡Armas a discreción! ¡Paso de vencedores! ¡Marchen!”. Lanzas en mano, se precipitan hacia los fuegos enemigos de las divisiones de Monet y Villalobos. Muchos caen. El Condorcunca se entinta de rojo sangre. Pero aquellas piezas de artillería exhiben ahora sus bocas ensordecidas al cielo. El monte está ganado.

    En la pampa no es menor el estruendo. La tierra tiembla ante las pisadas de los herrajes. Sobre los equinos, chillan las espadas de peruanos, colombianos, argentinos, chilenos e irlandeses que combaten juntas contra las de los realistas. Tampoco cesa el fuego, y los jinetes caen heridos o muertos. Los primeros son llevados al hospital de campaña acondicionado en la iglesita de la Quinua. Allí, entre vendas, quejidos y estertores, se reencuentran dos hermanos que horas antes se habían estrechado en efusivo abrazo antes de devolverse a sus respectivos y enfrentados bandos: Leandro, el realista, y Ramón Castilla, el patriota convencido.

     La división realista de Valdés había sorprendido a la colombiana de Vargas y a la peruana de La Mar. Sucre ordena a los Húsares de Junín ir en auxilio de ellas, tiempo valioso para que el mariscal La Mar restaure sus batallones, providencialmente potenciado por los montoneros de la sierra. Los godos no dan crédito a lo que sucede: los invade el desconcierto. Muchos de los soldados peruanos que lucharon por las armas y del “muy deseado” Fernando VII, resuelven entonces volverlas en contra de sus propios jefes. El virreinato más poderoso de América empezaba a resentir la frialdad que precede a la muerte.

    El cabo Villarroel, estando a punto de ultimar a un hombre herido en la frente y regiamente uniformado, fue reprendido por el  sargento de los Húsares de Junín, Pantaleón Barahona. José de la Serna e Hinojosa, último virrey del Perú, había salvado la vida gracias a la intervención de aquel humilde sargento peruano, no obstante, su arrogancia y poder murieron en el acto. El virreinato que desconoció la proclamación del 28 de julio de 1821, permitiéndose convivir con un Estado soberano, acababa de fenecer. 






martes, 18 de agosto de 2020

LAS ÚLTIMAS HORAS DEL LIBERTADOR JOSÉ DE SAN MARTÍN (17 DE AGOSTO DE 1850)

Aquella mañana del 17 de agosto de 1850, el viejo general se levantó a la hora de costumbre; los años y las dolencias que lo postraron por días, no habían anulado su extraordinario reloj biológico que, en sus años mozos, sorprendiera a sus camaradas de armas del ejército español. La fiebre había cesado y quería distanciarse del dormitorio en que había sufrido los escalofríos y las malas noches. 

    Pepita lo llevó del brazo a la habitación de su hija Mercedes. Su caminar era cansino, y aunque arrastraba los pies, su cuerpo siempre erguido no cedió a la curvatura de los hombres de su edad. En la habitación lo aguardaba también Mariano, su yerno, a quien profesaba cariño paternal.

     Apenas bebió un mate por desayuno y escuchó una vez más de labios de Mercedes la dulce súplica de regresar a París, pues la humedad de Boulogue-sur-Mer estaba minando su resquebrajada salud. El anciano no le contestó.

     A despecho de las cataratas que le impedían ver más allá de los vidrios de las ventanas, recordó los paseos con las nietas que escuchaban con delectación sus anécdotas militares; eran otros tiempos. Ellas alegraban el otoño de sus días, y aunque jóvenes y en edad de merecer, María Mercedes y Josefa –Pepita- no escatimaban besos y halagos al abuelo querendón. 

    Le animaba el canturreo de las aves, el calor de la familia, pero no se engañaba: en su estado, un traslado a la capital francesa era tentar a la muerte, por lo demás, él había escogido este puerto por residencia con el fin de emigrar a Inglaterra si se complicaban los avatares políticos locales. En su fuero interno sabía que ello sería igualmente un imposible.

Daguerrotipo original de José de San Martín, tomado dos años antes de su deceso (1848)


     Recordaba aún la abrupta e insospechada muerte de Alejandro Aguado, su gran amigo y benefactor desde que llegó a esas tierras. Él lo había introducido en los medios intelectuales, organizando célebres tertulias en las que departía con músicos como Gioachino Rossini, y escritores como Víctor Hugo. San Martín le estaba muy agradecido por haberle presentado a esos hombres a los que tanto admiraba. “No se engañe, don José –le replicó el buen Aguado-. Ellos vienen a las tertulias para conocerlo a usted.”

     Resentía que su visión estragada no le permitiera volcarse a la lectura de los libros que le facilitaba su vecino y arrendador Adolphe Gérard, joven abogado y bibliotecario de la ciudad, que habría de convertirse en amigo entrañable.

     Al mediodía se sentó al borde de la mullida cama de Mercedes, quien ya tenía en sus manos los periódicos del día. Don José no se permitía desconocer los últimos acontecimientos de los que daba cuenta la prensa, y ella, con voz acompasada, empezó la lectura, por momentos interrumpida por los comentarios de su padre. No obstante su débil salud, su mente mantenía locuacidad y lucidez extraordinarias.

     Su brazo izquierdo descansa en el bastón; su diestra migra intermitente entre el mentón y el cano bigote. Pasada las dos de la tarde, su hija notó con angustia que su voz abaritonada había callado; había dejado de escucharla y sus ojos acuciaban alarma. Recordó entonces las palabras que, semanas antes, pronunció con dolorida sonrisa: “Es la tristeza que llega al puerto”. José le hizo un gesto a Mariano Balcarce, que el yerno comprendió de inmediato y, sin mediar palabra, llevó a Mercedes a una habitación contigua. 

    El general recostó la cabeza en el respaldar de la cama de su hija, y así el hombre que ejecutó el prodigioso cruce de los Andes, cruzó finalmente el umbral de la inmortalidad. El reloj de la habitación anunciaba las tres de la tarde. 


Luis Fernando Poblete Elejalde

Lima, agosto de 2020



domingo, 26 de enero de 2020

MANDANTES Y MANDATARIOS: A propósito de las elecciones parlamentarias de 2020.

Me complace retornar a casa luego de cumplir con mi derecho patriótico y ciudadano de emitir mi sufragio en estas elecciones para elegir al Congreso de la República que regirá hasta el año 2021. El sofocante calor de hoy domingo, no fue razón para que adultos mayores –sin tener obligación legal de hacerlo-, premunidos de sobrillas, sobreros de ala ancha y protectores solares, fueran a dar su voto por los candidatos de su preferencia. No es herejía alguna sostener que en fechas como esta, los mandates somos nosotros y es nuestra responsabilidad saber a quién respaldar con nuestra confianza en medio de ese amasijo de candidatos que, luego de haber obtenido su elección, traiciona a ese mandante del que él debiera ser escrupuloso servidor (mandatario). Es sintomático, por cierto, que por su carácter extraordinario, las calles hayan respondido a la apatía de los últimos días y semanas. Los planes, debates y publicidad de los aspirantes, fueron inexorablemente cortos y contaron, acaso, con la poca o nula creatividad de los equipos de campaña.
Me permito concluir con una digresión muy especial y preocupante: sufragué en el mismo colegio en que fui dos veces consecutivas miembro de mesa, en 2018. Entonces, como ahora, no se instalaron los toldos necesarios para contener el sol abrasador; contrario fue el panorama en otros centros de estudios cercanos. Por una mínima deferencia con aquellas personas de edad avanzada, esperemos que se enmiende esto, y no tengamos que repetir en las elecciones generales, "entonces como ahora”.
Lima, 26 de enero de 2020
FERNANDO POBLETE ELEJALDE

jueves, 18 de enero de 2018

CUATRO DESEOS PARA LA LLEGADA DEL PAPA


A escasas horas para la llegada al Perú del Papa Francisco, nos hemos propuesto hacer un catálogo de propósitos que harían de esa gaseosa e imposible ‘reconciliación’, algo viable y no una mera excusa o engañifa con que se disfraza más de un despropósito. La visita del Santo Padre, debiera llamar a reflexión a quienes se dicen a sí mismos ‘hombres de fe’.

1.- Así como ha sucedido en Chile con los deudos de las víctimas de la dictadura pinochetista, convendría que Francisco haga lo que el presidente de la República ha obviado en grandilocuente gesto de desprecio: reunirse con las víctimas de la dictadura de Fujimori y Montesinos. Sería un acto de justa reivindicación. Sin embargo, es probable que esto no suceda, pues el Papa tendrá, cual estampilla engomada al sobre, a ese político en sotana para el que los derechos humanos son una grandísima cojudez. 

2.- Mencionar que el odio a nada conduce; menos cuando sirve para inflamar a una sociedad profundamente polarizada y, enmendándole la plana al señor Cipriani, repita como ante la comunidad mapuche de Chile, que ningún asesinato debe quedar impune, pues ello impide una auténtica reconciliación y entendimiento entre las partes. Aunque sea una prédica que desagrade a la máxima autoridad de la Iglesia Católica en el Perú, significaría una piadosa enmendadura de plana, como cuando Francisco criticó la repartija de entradas a su misa en las Palmas.

3.- Hacer notar que disentir de la opinión del otro no significa un hecho ‘terrorista’. Por el contrario, es un acto de legítima indignación y el ejercicio del derecho elemental de opinión, callando así la monserga de quienes hacen escarnio de la memoria de las víctimas de los asesinatos cometidos en los años noventa, rompiendo, además, con esa ociosa y truculenta estigmatización de ‘terrucos’ con la que atizadores del odio siguen etiquetando a sus familiares. ‘Colina’ no fue una corte de monaguillos, ni mucho menos instrumentos del Señor.

4.- Invocar a los actores políticos –que dicen ser católicos, apostólicos y romanos- a que resuelvan sus discrepancias en un clima de paz, sin procacidades ni lindezas, como es moneda corriente en nuestros días.

      Son los cuatro deseos de un creyente que ve en la visita del Papa, la oportunidad y el escenario perfectos para darle sustancia y contenido a la tan mentada ’reconciliación’ que, de momento, no se asoma ni perfila.

Foto: Radio Capital

Lima, enero de 2018

sábado, 30 de diciembre de 2017

INTERÉS CON INTERÉS SE PAGA



Es la noticia del año, y el presidente de la República no tuvo ‘mejor’ momento que plantearla en vísperas de Navidad, por ello es imposible no comentarla. De ahí que hayamos modificado el viejo refrán que da título a estas líneas. Y es que, a ojo de buen cubero, no existe amor entre el presidente y Kenji Fujimori, tras de quien asoma la figura tutelar de su padre, sino un mero trueque; un intercambio de favores fraguado, incluso, a espaldas de los consejeros más próximos a Pedro Pablo Kuczynski (PPK).

      Mucho se ha repetido por estos días que ningún anciano merece morir en la cárcel. Estamos de acuerdo parcialmente, pues Abimael Guzmán sí se lo merece. Incluso nuestro presidente, siendo un hombre de la tercera edad, no se merecía la cruel guillotina de la vacancia, pues fue elegido en justas lides y debe terminar su mandato en 2021; no antes. Pero el que PPK sea un exitoso empresario y banquero, no lo hace, ni por asociación de ideas, un estadista. Se ha estado disparando compulsivamente a los pies a lo largo de año y medio de gobierno y, lamentablemente, sufre de rinitis política, porque es incapaz de olfatear los dilemas a los que debe adelantarse como jefe de Estado. Sobre esto ya hemos escrito extensamente en nuestro anterior articulillo.

    El criterio de la oportunidad, tan indispensable en política básica, le es ignoto. Pudo haber esperado unos cuantos meses antes de ejercer su prerrogativa constitucional de indultar a un delincuente, y lo decimos así sin afán peyorativo, pues por definición este derecho de gracia -que es a su vez un rezago monárquico- se concede por definición única y exclusivamente a delincuentes; jamás a un inocente. En la práctica consiste en que la cabeza del Ejecutivo enmiende la plana y deseche la decisión tomada por otro Poder del Estado (el Judicial), lo cual ya es discutible y ha merecido más de un debate doctrinario en foros académicos.

      PPK olvida un hecho incontrastable: que fue elegido básicamente en oposición a Keiko Fujimori y, políticamente hablando, su decisión significa un desaire al electorado que le endosó sus votos en segunda vuelta. Pero no es lo único que olvida nuestro presidente; también ha devaluado aún más su feble credibilidad al renunciar a su propia palabra; él no concedería el indulto, repitió más de una vez en campaña, por el contrario, promovería un proyecto de ley que permitiera una modificación a nuestra legislación a fin de que Alberto Fujimori cumpliera arresto domiciliario. Así lo entendieron muchos de sus colaboradores más cercanos, entre consejeros presidenciales, congresistas de su bancada, y funcionarios varios de su régimen que, legítimamente, se han sentido defraudados por su decisión. Entre los congresistas, sus más ardorosos defensores en contra del pedido de vacancia propiciado por el fujimorismo radical: Vicente Zeballos (vocero titular de la rala bancada oficialista), Gino Costa y Alberto de Belaunde. Entre sus consejeros, Máximo San Román (que estuvo monitoreando el debate de la vacancia desde una de las galerías del Parlamento) y Felipe Ortiz de Zevallos. Entre los ministros de Estado, Carlos Basombrío (Interior) y Salvador del Solar (Cultura). La renuncia del director de Derechos Humanos del Ministerio de Justicia, Roger Rodríguez, también es significativa. ¿Con quién piensa gobernar ahora el señor presidente?, ¿acaso con alguno de los diez fujimoristas del ala ‘albertista’ que se abstuvieron de votar en favor de su vacancia? Ese favor ya ha sido pagado con el indulto a su líder histórico. Nada se deben el uno con el otro.

      Pero lo que menos entiende el presidente de la República es el agravio que ha infligido a los deudos de La Cantuta y Barrios Altos (niños incluidos entre las bajas del premiado grupo Colina). Su escueto y genérico mensaje a la Nación propagado cuarenta y ocho horas después de la concesión de su gracia (acaso forzado por las marchas en contra de su decisión, por cierto, soberana) fue una repetición de los argumentos del ex reo de Barbadillo, mimetizándose con él: don Alberto Fujimori sólo cometió “errores y excesos”. Si sólo fueron pecadillos, parafraseando a un gran político cuyo hijo fue protagonista de un ‘vladivideo’, ¿para qué la concesión del indulto? ¿Sabe PPK lo que es jurídicamente un indulto y lo que compromete? En honor a la verdad, lo estamos dudando. Bastaba entonces con abrirle a Fujimori las puertas de Barbadillo, sin que tuviera que despeñarse políticamente con una decisión que ha polarizado aún más a la población haciendo inviable –desgraciadamente- su tan mentada invocación a una ‘reconciliación’, término antes demonizado por los fujimoristas radicales, y hoy ensalzado por ellos mismos. ¡Cuidado!, también los terroristas hacen alarde de él.

       Hace unos meses, PPK sostenía que no quería hacer de Fujimori un segundo Leguía. Quizá sus años de internado escolar en Inglaterra le hayan impedido ojear un libro básico de Historia del Perú, y de allí su trastabillada. Augusto Bernardino Leguía agravó su enfermedad en la cárcel, ciertamente, y fue llevado a Bellavista cuando todo era inútil para salvar su vida, pero el régimen que lo confinó en el presidio fue una dictadura, la de Sánchez Cerro, que no le permitió un justo juicio. Por el contrario, Alberto Fujimori fue juzgado en democracia, con todas las garantías del debido proceso, con observadores internacionales que verificaron la pulcritud del mismo y, adicionalmente, con la transmisión en vivo, por las diferentes estaciones de televisión, de las incidencias de su juicio oral. Documéntese, señor presidente.

      Habiendo dicho esto, como tributarios de los derechos establecidos en la Constitución, no estamos en contra de las marchas que discrepan de la decisión presidencial, pues presuponen el ejercicio del derecho de reunión. Nos oponemos enérgicamente a los desmanes y provocaciones que se han dado en ellas, pues las deslucen y desnaturalizan, pero así de dividido está el país por la actitud del presidente y la débil, balbuceante y pueril explicación que ha dado el ministro de Justicia, que por decencia, debería hacer dimisión de su cargo. No me extrañaría, sin embargo, que sea ratificado por el presidente, dado que han cojeado, en este caso en concreto, del mismo pie: la mendacidad. No por gusto han hecho de él, de Alberto Fujimori, y de su amado Kenji, las piñatas más requeridas para celebrar el fin de año a modo de auto de fe inquisitorial.

       Pese a lo crítico que se presenta el panorama político de estos días, deseamos a todos los que tengan a bien leer nuestros humildes comentarios, un mejor año 2018, del mismo modo en que, como demócratas, van nuestros parabienes al actual presidente de la República, que se está quedando solo, solitariamente solo, valga la redundancia, y por exclusiva culpa suya.

Foto: Deslengua2
  


 Lima, 30 de diciembre de 2017

viernes, 22 de diciembre de 2017

GOLPE FRACASADO


No prosperó la consigna de la dueña de Fuerza Popular, Keiko Fujimori: que su bancada eche de Palacio de Gobierno al presidente que, para mal o para bien, habita ahí por decisión ciudadana. La todopoderosa lideresa y heredera de la prepotencia y estilos con los que gobernó su padre en los noventa, soñaba con engullirse a Pedro Pablo Kuczynski (PPK), cual pavo navideño. Ni los bramidos del impresentable Becerril, ni el ultimátum altanero y risible de su versión edulcorada, el tal Salaverry, le permitieron degustar un menú del cual no quería dejar ni los huesos; idea que fraguó desde el momento mismo en que PPK asumió el mando. Tampoco sirvieron las desternillantes argumentaciones de su ahijada política, Yeni Vilcatoma, cuyo verbo inflamado y las alusiones a Condorito, generaron más de una carcajada a mandíbula batiente. La señora Bartra, quien ha sumado un baldón más en contra de su desempeño como presidenta de la Comisión Lava Jato del Congreso, profanó en vano las palabras de José Faustino Sánchez Carrión, Fundador de la República, para justificar torpemente lo que hubiese constituido un golpe de Estado del Legislativo al Ejecutivo, causando la repulsa del Solitario de Sayán, acólito que fue de la separación de poderes y de Montesquieu (y no hay que ser médium para imaginarlo). Las bataholas del ‘compañero’ Mulder, que fungió de triste comparsa del fujimorismo, se ahogaron también en la vergüenza.

Foto: Diario Uno

      Pero el presidente de la República no fue precisamente el general victorioso de la jornada de ayer, por más que se animara a acometer esta madrugada sus robóticos pasitos de baile, como si de ganar las elecciones por segunda vez se tratara. Ciertamente, el rechazo a su pretendida vacancia, representa para él un respiro, una bocanada de aire puro que debiera aprovechar para empezar a conducirse como un estadista, algo que no le conocemos hasta la fecha. Debe creerse de una buena vez por todas que es el jefe de un Estado; el hombre que, por añadidura y conforme al texto constitucional, personifica a la Nación, dejando en el baúl de los objetos en desuso la actitud timorata e insípida que ha caracterizado a su régimen.

      Lo anterior no implica, por cierto, que el presidente trastoque su personalidad y empiece a actuar con la soberbia, arrogancia y malcriadez que es tinta indeleble de la bancada parlamentaria de propiedad de Keiko Fujimori. Debe flanquearse de hombres inteligentes en el quehacer político. Está, pues, obligado a emular a Pericles, quien solía jactarse de estar rodeado de personas más capaces que él. El gerente de una empresa o el miembro del directorio de un banco, no tiene por qué ser a fuerza un buen gobernante o un ministro eficiente; el país –y esto se lo han repetido con puntillosa asiduidad- no es una influyente corporación económica.

      Los gestos son más que relevantes. Durante su presentación en el Congreso de la República, y en su más reciente mensaje a la Nación, un PPK aparentemente seguro de sí mismo, sin vacilar ni balbucear, nos habló de lo importante que era defender su honor y buen nombre, atributos indubitables del hombre digno. Que no pierda la oportunidad de hacerlo; que preste su concurso en todas las investigaciones que le hagan, sea a nivel congresal, sea a nivel fiscal, con las garantías de un auténtico debido proceso y del respeto a su investidura, sin escudarse en las interpretaciones huidizas de “connotados constitucionalistas”. Ese solo hecho lo enaltecería, permitiéndole reedificar una credibilidad algo quebrada por la mala fama de mentiroso con que lo adornaron dudosa y falazmente fujimoristas e izquierdistas.

      El presidente de la República tuvo el acierto de hacerse acompañar en el hemiciclo congresal, del abogado Alberto Borea Odría, quien a su condición de constitucionalista, suma su experiencia política de larga data. Borea desbarató el sainete de la bancada de propiedad de la señora Keiko, mal disimulado con disfraz de ‘debido proceso’. Dio cátedra de lo que significa este concepto básico y crucial del Derecho Constitucional y Procesal. Como hábil esgrimista, dio estocadas a los acusadores, recordando cómo en el régimen de su líder histórico, se mataba, se compraban congresistas, medios de comunicación; se denigraban honras, se intervino el Poder Judicial, el Ministerio Público, y se guillotinó a los magistrados del Tribunal Constitucional que se opusieron a la inconstitucional ‘interpretación auténtica’ que permitió la pantomima de la tercera y fraudulenta ‘reelección’ de Alberto Fujimori en el año 2000. Por último, desarropó, sin mencionar nombres, a muchos de los fujimoristas de nuevo cuño, preguntándose quién es más incapacitado moral y permanentemente para desempeñar una función pública.


Foto: Perú 21

     Ganó la democracia, no necesariamente PPK; perdió la angurria por el poder que domina el temperamento de Keiko Fujimori, a quien sus congresistas fueron a visitar concluida la votación, para reconfortarla por la derrota -la aplastante derrota-, y prometerle las cabezas de los diez parlamentarios fujimoristas que –incluido Kenji Fujimori- se abstuvieron de votar, acaso porque optaron por ser notables antes que ‘notorios’, como invocó Borea, parafraseando a don Roberto Ramírez del Villar, último presidente de la Cámara de Diputados. Al no estar sujetos a mandato imperativo, primó en ellos su conciencia; no el capricho de una señora que aún no digiere el hecho de haber perdido la segunda vuelta de 2016.

       Por lo pronto, el señor Luis Galarreta puede ir ordenando al oficial mayor del Congreso que arroje al cesto de lo inútil el proyecto de resolución legislativa, urdido en algún recinto naranja, con que se pretendía, a su vez, arrojar de Palacio de Gobierno al presidente elegido por los peruanos.

Foto: Publimetro

Lima, 22 de diciembre de 2017