Si llevo con orgullo mi apellido paterno es en homenaje a ti. Querías que estudiara administración de empresas, pero ya habías cultivado mi alma para el Derecho y las Ciencias Políticas, tanto como para la Literatura y la Historia, llegando al extremo de representarme a Alonso Quijano, mientras me leías a Cervantes y de tu mano extraías, cual ilusionista, imágenes de La Mancha y sus molinos.
Hubiese querido acompañarte en aquellas aventuras en las que, junto a tus hermanos, incursionabas aquel trío de huacas de Lince, centro ceremonial de la cultura Lima, de allí su nombre: Limatambo (hoy Gran Unidad Escolar Melitón Carvajal), pero compensabas esa tristeza cada dos domingos en el 'Museo de la Vieja'.
José Luis, hoy en el día de tu cumpleaños, nos llenas de ese optimismo que no fue arredrado en los momentos difíciles a los que nos arrastra la vida en su inexorable decurso. Severo, pero de fácil sonrisa y de muy buen humor que nos acompaña hoy, afable y comprensivo, sin llegar al engreimiento.
Ampliaste mis horizontes -y ms oídos- desde pequeño para la música clásica, atemporal, sin tiempos, que hoy siguen ocupando los recintos.
Podría naturalmente decir que me refería al Museo de la Magdalena Vieja, haciendo alusión a cómo entonces se denominaba el actual distrito de Pueblo Libre (antes Museo Bolivariano -1924-, posteriormente Museo Nacional de Historia y, hoy, parte integrante del Museo Nacional de Antropología, Arqueología e Historia del Perú).
Disculparás, padre mío, pero mi inexcusable compromiso con la verdad me obliga a decir el porqué: a la señora boletera del Museo Nacional de Historia que, a la fecha peinaba canas, le era impensable que el mismo señor llevara a su hijo que aún estaba en nido, a ese mismo museo con sospechosa asiduidad.
Lo anecdótico, fue que dispuso de un vigilante para que nos acompañase. “Esta persona usa a su hijo como distractor para un posible hurto”, pensó, sin duda, o al menos no disimulaba su ingrata función acentuada por aquel ceño fruncido que tú devolvías, y yo, imitador tuyo, también.
Nos acompañaba mi entrañable abuela Olinda, tu mamá, ya que mi adorada madre, nos había acompañado muchos domingos, y era vista ya como una presunta ‘campana’, guareciéndose en el auto. Por el contrario, mi siempre risueña abuelita 'Lulú', le encantaba bajar catacumbas de conventos y visitar la mar de museos, sin dejar de subir y descender las empinadas rampas de las huacas de nuestra ciudad, todo ello ¡con zapatos de taco alto!
Gracias, papá, porque siempre sigues siendo mi más entrañable amigo, el más justo y leal; enciclopedia inagotable y consejero insustituible.

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