Horas antes, durante la madrugada, el coronel Francisco Bolognesi Cervantes, sorbía una taza de café. Era preciso estar despierto. La captura del ingeniero Teodoro Elmore encargado de sembrar las minas para la defensa periférica de Arica; la vergonzosa deserción de Agustín Belaunde, jefe de ‘Los cazaderos de Piérola’, y la sordera mezquina y cobarde de Leyva (“¡Apure…!”), le dieron la certeza que acompaña a la soledad. Era él quien debía sostener a Arica con la impericia de muchos de sus soldados, algunos jóvenes civiles ensayados sobre la marcha como bravos guerreros, valientes de raza. Era el caso del acaudalado empresario iquiqueño Alfonso Ugarte Vernal, exalcalde de su ciudad natal y del bonaerense Roque Sáenz Peña. Otros, más próximos a la jubilación, aunque con la enmienda de los galones y la experiencia acumulados, como Justo Arias Aragüez y él mismo.
El gesto adusto del hombre acostumbrado a guerrear, se dulcificó al imaginarse en Lima junto a su amada María Josefa. Se dejó llevar por los recuerdos de una vida feliz y, abriendo finalmente el cajón de su tosco escritorio, se entregó con delectación a la lectura de las copias de aquella última carta fechada el 22 del mes anterior, en Arica. Sus ojos migraban de un párrafo a otro, recordándose jubilado. Ya había entregado a la capital a dos hijos jóvenes, saludables y dispuestos a seguir la defensa de la patria. De pronto, leyó sus propias líneas: “Nunca reclames nada para que no se diga que mi deber tuvo precio.” Un militar no se jubila mientras las fuerzas se lo impelen y la defensa nacional está en juego.
Había recibido la intimación de un tal Juan de la Cruz Salvo, mayor y emisario del general enemigo Manuel Baquedano, que no salvaba en nada su posición; por el contrario, las palabras del mensajero con nombre de redentor, indignaron el espíritu del viejo coronel, lo hirieron en su honor de soldado.
Minutos antes, Bolognesi lo había recibido en su despacho, adivinando sus intenciones, escudriñándolo con gestos de lince.
- Le oigo a usted, señor – dijo sereno el jefe de Arica.
- Coronel, el general en jefe del Ejército de Chile, deseoso de evitar un derramamiento inútil de sangre, después de haber vencido en Tacna al grueso de los aliados, me envía a pedir la rendición de la plaza, cuyos recursos en hombres, víveres y municiones conocemos – respondió Salvo, dando finalmente una bocanada de aire.
- Tengo deberes sagrados y los cumpliré hasta quemar el último cartucho – respondió con firmeza el jefe peruano.
El consejo de guerra que se había reunido a órdenes suyas en presencia del emisario chileno, secundó a su comandante. Estaban todos en aquella pequeña sala, y confirmaron las palabras de don Francisco. Salvo palideció.
- Ya oyó usted, señor Salvo. Puede repetirle al general Baquedano que Arica no se rinde- y adelantándose a este, repitió con énfasis-: ¡Lucharemos hasta agotar el último cartucho!
Salvo hizo una venia, encogiendo los hombros, y sentenció: “Mi misión está cumplida”.
El jefe de la Plaza revisó sus emplazamientos. Se detuvo un instante ante la bandera de guerra. La vio flamear orgullosa entre tan pocos soldados y contuvo el aliento.
Promediaban las cinco de la mañana y era preciso tomar decisiones ante el avance de los extranjeros. Justo Arias, jefe de los ´Granaderos de Tacna’, era su primera contención y voz de alarma: debía impedir el avance del enemigo desde el ‘Ciudadela’, improvisado fortín al ingreso de Arica. La superioridad numérica de los enemigos hizo sombra entre armas y cadáveres. Admirado ante la valentía del oficial peruano, un soldado chileno vociferó: “No queremos matarlo, mi coronel. ¡Ríndase!”. A Arias le sublevó la misericordia del adversario: “¡No me rindo, carajo! ¡Viva el Perú! ¡A ellos, muchachos!”. Una descarga calmó su ímpetu. Don Justo había cumplido con justicia su misión.
Francisco comprendió su destino, semejante al de aquel coetáneo y hermano de armas. No se ganaba por la fuerza; se vencía con el honor. Junto a él caía el capitán Juan Guillermo More, comandante del perdido buque ‘Independencia’. Pese a ello, el revólver del jefe de la Plaza disparaba aún, mientras su canosa humanidad se paseaba entre los gemidos de cuerpos agonizantes. No estaba dispuesto a rendir Arica. No lo haría mientras palpitase.
Gesticulaba, impartía órdenes en medio del desorden, arengaba a los soldados, blandía su arma como en otros tiempos lo hizo con el sable. Ugarte defendía la cúspide del morro. Él, desprovisto ya de su caballo, se batía entre bayonetas y disparos enemigos a discreción.
Bolognesi se hacía de la situación por encima de sus circunstancias, de su ejército reducido, de su edad; esa que no alcanzó a limitarlo, a la que burlaba mientras sentía ese calor adormeciendo su pecho. Y seguía disparando, pues le quedaban balas y había resuelto descargarlas todas sobre uniformes enemigos. De pronto, sintió un fogonazo más en su espalda.
Yacía acostado junto a un suelo ensangrentado por los suyos. Procuró incorporarse pues le quedaba un cartucho que llegó a asestar al roto que se venía contra él. Luego vendría por detrás el culatazo que lo despidió de este mundo.
La soldadesca invasora, prontamente carroñera, lo despojó de su uniforme.
Hoy, 7 de junio, se conmemora el sacrificio del coronel Francisco Bolognesi Cervantes y de los soldados que, como él, rindieron cuerpo y alma por la integridad territorial y el honor de la bandera del Perú en 1880. Es por ello que se jura fidelidad ante la enseña patria en la plaza que torna inveterado el nombre y la figura del jefe de Arica y la de sus valientes subordinados, dignamente caídos junto a él en batalla.
Luis Fernando Poblete Elejalde
Lima, 7 de junio de 2021
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Un año después de haber escrito las líneas que anteceden, basándome estrictamente en fuentes históricas de primer orden, recomiendo visitar los siguientes lugares:
1) Museo de los Combatientes del Morro de Arica (casa natal del coronel Francisco Bolognesi Cervantes en la calle de Afligidos, Centro Histórico de Lima, cuya fachada original – se trata de una vivienda virreinal- fue cambiada en épocas del presidente Augusto B. Leguía, mas no así sus bellos interiores, incluyendo el patio en que culmina el zaguán).
2) En la Fortaleza del Real Felipe (S. XVIII), actual Museo del Ejército del Perú, en el Callao, existe una réplica exacta de la casa en que se diera el consejo de guerra y la célebre contestación del coronel Bolognesi y sus hombres frente a Juan de la Cruz Salvo, emisario de Baquedano. La original, en Arica, es hoy sede del Consulado de la República del Perú en dicha ciudad.
3) Hace algunos años, la Municipalidad Distrital de Santiago de Surco, Lima, ha construido y ambientado un bello local en el Parque de la Amistad que, consagrada a la figura del héroe de Arica y de sus compañeros, nos muestra esculturas hiperrealistas del momento descrito. Incluso, ya a manera de museo, nos invita a todos a encontrarse con don Francisco y sus compañeros de batalla. Organiza actividades que, sin duda, serán del afecto de niños y mayores, como lo fue la del domingo pasado.
Sobre material bibliográfico de reciente data, sugiero leer y adquirir ‘Mi querida Manuela Basilisa’ (2019) y ‘Geneaología de la familia Bolognesi’ (2021), de doña Gladys Gonzáles García de Naeckel, sobrina bisnieta del héroe. Además de su producción bibliográfica, protagonizó una inspirada personificación de su ilustre ancestra en Surco.
En lo concerniente a series o películas (audiovisuales), les cuento una anécdota: el actor que hizo de don Francisco en ‘Nuestros héroes de la Guerra del Pacífico’ (1979), don Alejandro Anderson, trabajaba en las oficinas administrativas del Instituto Italiano de Cultura que quedaba entonces en unos ambientes de mi colegio, el Antonio Raimondi. Verlo en los recreos era impresionante, pues el parecido lo era de suyo. Un día me armé de valor e imitando a Antonio Arrué, actor que dio vida a Alfonso Ugarte, me cuadré militarmente ante él. "Mi coronel 'Bolocnesi', todo está dispuesto". Sonrió al ver a ese niño de segundo grado de primaria, luego, asumiendo el papel que lo hizo célebre, me espetó: "¡Cadete, está usted en una institución italiana. Mi apellido se pronuncia 'Boloñesi', pero jamás lo escriba así!". Un gran caballero, sin duda.
Mis respetos a don Juan Carlos Oganes quien ha hecho una épica y muy lograda película que ha sido exhibida, entre otros lugares, en el auditorio del Instituto Sanmartiniano del Perú, ‘Gloria del Pacífico’.
POST SCRIPTUM
A raíz de las elecciones del pasado domingo 7 de junio de 2026, Día de la Fidelidad a la Bandera, y de la 146º conmemoración de la Batalla de Arica que significó el sacrificio del coronel Francisco Bolognesi Cervantes -Patrono del Ejército del Perú- y de quienes junto a él ofrendaron sus vidas por la dignidad de la patria, es un imperativo categórico homenajearlo. Elecciones van y vienen; gentes de la talla moral de Bolognesi, no.
Luis Fernando Poblete Elejalde
Lima, 13 de junio de 2026




