A la hora del lonche de ayer, 30 de octubre de 2026, nos sentamos todos a la mesa del comedor. En apariencia una silla estaba vacía: la que siempre ocupaste tú; apariencia tan solo, porque tu presencia se dejó sentir al momento de celebrar modestamente tu cumpleaños. Mi tía Rosita fluyó en los recuerdos de su hermano José Luis; las anécdotas crecían, inundaban el ambiente. Nuestras mentes evocaban su sonrisa honesta, sus dichos y comentarios en los que, no pocas veces, faltaron más de una merecida regañada a los inquietos sobrinos.
Era la menor de cinco hermanos que se sentaban frente al radio de la casa de Lince, a escuchar ‘Selecta’ -la única estación de aquella Lima que transmitía música clásica-, las radionovelas de ‘Radio Central’, y las truculentas emisiones del ‘Monje loco’ en la cavernosa voz del locutor venezolano Rafael González Guía quien, tan compenetrado con su personaje, y absorbido por las macabras historias que narraba, pasó una temporada en el Hospital Víctor Larco Herrera.
Era también la que me animaba a ir con guitarra en mano a cantarle a mi amada abuela Olinda canciones de un tiempo que no eran los míos y terminé adoptándolas. Ella festejaba mucho la imitación que hacía de Carmencita Lara; todo lo que arrancara esa risa de matriarca de rostro encantadoramente bonachón, lo hacía sin chistar.
Mi tía Rosita veía con gusto que me encerrase en el baño principal de la casa, favorecido por su amplia acústica, merced a su techo alto, y que lo usara para que practica ópera, a despecho de mi tía mayor, Consuelo, que se quejaba de “tanta bulla”.
Con Rosa María Poblete Breña, mi tía Rosita, podía hablar desde los Beatles -más de su tiempo-, pasando por Richard Clayderman, hasta detenernos en Zamfir. “¿No sabes quién es? Con seguridad lo has oído, pero no ubicas su nombre. Toca unas melodías preciosas con una flauta especial. (Se refería al rumano Gheorghe Zamfir, y el instrumento que ejecutaba era la flauta pan. Por ella supe de tan excelso artista.)
Mi muy querida tía sabe que cumplí con ella como lo esperaba de mí, y cada vez que oigo en alguna calle, parque o local ‘The lonely shepherd’ (‘El pastor solitario’), es ella dándome un fuerte abrazo al cual correspondo emocionado.
Foto: Mi tía Rosita del brazo de mi papá el día en que él contrajo matrimonio.
